Diego Muñoz dio grandes zancadas hacia adelante, agarrando sin piedad el cuello de Amaya Ibarra, ¡alargando la mano con la intención de arrebatarle el celular!
Amaya sintió que el aire se le cortaba en la garganta, pero al segundo siguiente, sin dudarlo, guardó rápidamente el celular en su bolsillo, protegiéndolo con las manos con fuerza.
Diego no tuvo corazón para seguir y terminó soltándola.
Trató de reprimir ciertas emociones con todas sus fuerzas, intentando persuadirla.
Con el rostro muy cerca del de ella, y una mirada llena de una intención gélida y asesina, se acercó al oído de Amaya y le habló en un tono bajo y peligroso:
—Amaya, han pasado tantos años de eso, no hay necesidad de revivir asuntos del pasado.
—Soy el único hijo de mi madre, y jamás me quedaré de brazos cruzados viéndola ir a la cárcel.
—Además, he visto el video, y mi madre no era la única presente en ese momento; hay varias familias prestigiosas involucradas. ¿Acaso quieres ofender a más de la mitad de la alta sociedad de Solsepia por ese asunto?
La voz de Diego era tan baja que solo Amaya podía escucharla.
Amaya lo miró con burla:
—¡Quiénes están sacando a relucir el pasado son ustedes, tú y tu madre!
—No se avergüenzan de lo que pasó, al contrario, se enorgullecen. Uno me amenaza a mí, y el otro a mi madre, ¡utilizando los métodos más bajos y despreciables!
—¡Esa es la mayor humillación en la vida de mi madre! Ya que ella tuvo la valentía de venir a la comisaría para demostrar su inocencia, conseguiré esa justicia para ella, ¡incluso si tengo que ofender al mundo entero!
Diego se quedó sin palabras.
Quería hacer que Amaya se diera por vencida ante las dificultades, que no siguiera investigando el asunto.
No esperaba que la determinación de ella fuera tan grande, mostrándose sin ningún rastro de miedo.
Una profunda irritación apareció en el rostro de Diego:
—Han pasado tantos años, ¿por qué tienen que hacer un escándalo por esto?
—Además, si mi madre hubiera querido exponerlo, habría sacado a la luz esas cosas hace mucho tiempo, no tenía que esperar hasta ahora. Amaya, deberías saber cuándo detenerte; hacer un escándalo enorme no le conviene a nadie.
—¿Saber cuándo detenerme? ¡Diego, qué fácil es hablar cuando no eres tú quien sufre! —respondió Amaya.

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