—¡De tal palo, tal astilla! ¡Diego, tienes que hacer algo, me aterra que le hagan daño a la tía Josefa!
Vera maldecía con furia al otro lado de la línea.
Diego apretó los labios con fuerza, y un destello de ira aterradora brilló en sus ojos.
Como hijo, si no era capaz siquiera de proteger a su propia madre, ¡no merecía llamarse hombre!
Una rabia instintiva y visceral se apoderó de él; cortó la llamada de golpe y marcó directamente el número de Amaya.
Amaya iba manejando a toda velocidad hacia la estación de policía. De reojo vio la pantalla de su celular, pero ni se molestó en contestar.
Diego insistió tres veces, y al ver que Amaya lo ignoraba, decidió marcarle al teléfono de Beatriz.
Apenas Beatriz contestó, la voz profunda y amenazante de Diego tronó por la bocina:
—¡Señora! Me acabo de enterar de que se llevó a mi madre.
—¿Por qué está haciendo esto? ¿Acaso no podemos hablar las cosas como gente civilizada?
En ese momento, la mano de Beatriz seguía aferrada al cabello de Josefa, quien tenía el rostro pálido y desencajado por el dolor.
Josefa nunca en su vida había sido tratada de una forma tan brutal. Parecía un animal asustado; se tapaba la boca con las manos, queriendo llorar pero sin atreverse a emitir ningún sonido.
Sin embargo, al escuchar la voz de Diego y saber que la ayuda había llegado, estalló en gritos:
—¡Hijo! ¡Ven a salvarme, por favor!
—¡Quieren entregarme a la policía! ¡Quieren meterme a la cárcel! ¡Hijo, no quiero ir a prisión!
—¡Hijo! ¡Me duele mucho! ¡Ay, Dios mío! ¡Siento que esta maldita loca me va a arrancar el cuero cabelludo!
¡Plaf!
Harta de los gritos agudos de Josefa, Beatriz le acomodó una fuerte bofetada en pleno rostro.
Su mirada era feroz y fulminante, proyectando esa aura intimidante de la mujer poderosa que alguna vez fue. Al instante, Josefa cerró la boca de golpe, apretando los labios con tanto miedo que no se atrevió a emitir ni un quejido más.
—¡Mamá! ¿Estás bien?
—¡¡Mamá!! ¿Qué te hicieron?

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