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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 294

Esta zona de acampada al aire libre se llamaba Valle Silvestre. Estaba en un lugar muy apartado, en una hondonada plana cerca del dique del río de Solsepia, rodeada de árboles verdes y con un gran prado en el centro.

Por la noche, encendieron una fogata en medio del pasto y los árboles se iluminaron con luces de colores.

Marcos había reservado con anticipación una carpa en forma de paraguas en el mismísimo centro, con una ubicación excelente.

Cuando llegaron, las mesas y sillas de jardín estaban listas. Sobre la mesa había una gran variedad de brochetas asadas, platos de fruta, refrescos, cervezas y distintas botanas. Se veía todo muy tentador.

Una vez que se sentaron, Marcos llamó a un joven para que se encargara de asar la carne por ellos.

—Oigan, para agradecerle a Marcos por la cena de esta noche, les voy a bailar algo para ir rompiendo el hielo. Y al rato, cada quien tiene que armarse un numerito, eh... —dijo Sofía, contagiada del ambiente del lugar. Justo sonaba una de sus canciones favoritas, así que se animó a pasar al frente de la carpa.

—¡Eso! ¡Esta chaparrita sí que tiene actitud! —aplaudió Marcos emocionado.

Amaya tragó saliva, bastante nerviosa. Esa Sofi... ¿Acaso no le estaba poniendo las cosas difíciles?

La última vez que había hecho un espectáculo fue cuando cantó en la universidad. Si sacaba cuentas, ya llevaba muchísimos años sin hacer el ridículo en público.

Sofía siempre había sido muy abierta y no tenía nada de pena. Se quitó la camisa casual que llevaba puesta, se la aventó a Amaya y empezó a moverse, bailando de inmediato al ritmo de la música.

Como todo era al aire libre, el baile de Sofía no tardó en llamar la atención y provocar los gritos y silbidos de los demás invitados de la zona.

Desde otra carpa, una mujer levantó la mirada y las observó fijamente. Un momento después, sacó su celular, grabó a Amaya y a su grupo, y envió el video.

Vera estaba en el hospital cuando recibió el video de su amiga.

Diego llevaba varios días con suero porque la fiebre no le bajaba. Vera no se había separado de él en ningún momento, y tenía los ojos rojos de tanto llorar.

Nunca lo había visto tan demacrado. Esta vez, de verdad sentía que se le partía el corazón al verlo así.

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