Amaya miró a Romeo, conmovida.
—Romeo, gracias. Pero no quiero que, por un asunto mío, termines súper peleado con la familia Muñoz. Después de todo, ustedes antes...
—Antes era antes, hoy es hoy —la interrumpió Romeo en un tono que no admitía réplicas—. Diego y yo ya rompimos relaciones. Ami, hablo en serio, si lo necesitas, puedo mover los contactos y recursos de la familia Ortega. En fin... me sobran maneras para obligarlo a entregar a la niña.
Amaya se conmovió al ver la evidente preocupación y ansiedad en los ojos de Romeo.
Sabía que si Romeo prometía algo, lo cumpliría.
Pero, justo por eso, no podía aceptar un favor tan grande así nada más. Lo que Romeo ofrecía pesaba demasiado, y temía no poder pagárselo nunca. En cambio, su hermano era su pariente más cercano, su propia sangre; la situación era totalmente distinta.
Amaya negó con la cabeza suavemente y esbozó una sonrisa de agradecimiento.
—Romeo, valoro muchísimo tu intención. Sé que puedes ayudarme, pero mi hermano ya armó un plan. Lo tengo a él respaldándome, así que no te apures.
Levantó la mirada, y en sus ojos, brillantes y expresivos, asomó un destello helado y cortante.
—¿Quién dice que no puedo hacerle nada? Claro que puedo, solo depende de si quiero que mi hermano lo haga o no. Esta vez, le voy a dejar bien claro que cruzó la línea, y que el precio a pagar será mucho más de lo que puede soportar.
Romeo alzó levemente una ceja al escucharla.
Observando a esta mujer, tan resistente como el junco pero afilada como una navaja, asintió, sintiéndose un poco más aliviado.
—Está bien, si tu hermano va a tomar cartas en el asunto, me quedo tranquilo. Pero si ocupas algo, dime con confianza. A veces, cuando las papas queman, el que está lejos no llega a tiempo.
Amaya asintió, y ambos dieron por terminada la plática.
Amaya miró a todos los presentes y les habló con una voz firme y decidida:
—Ya que todos están aquí, vayamos juntos a hablar cara a cara con Diego una vez más. Y esta vez no voy a rogarle que me regrese a Reni; voy a darle su última oportunidad.
—¡Y si no la aprovecha, les aseguro que haré que todo el Grupo Muñoz pague un precio terrible!
Camilo y Marcos nunca habían visto a una Amaya así. Ese nivel de control y la presencia intimidante que emanaba de ella los dejó sorprendidos por inercia, preguntándose qué clase de movimiento tendría preparado.
Pero Sofía sí sabía el tremendo apoyo con el que contaba Amaya.
Como sabía que Amaya no hablaba por hablar, no le sorprendió en absoluto; al contrario, sintió el gustazo de que la venganza estaba a la vuelta de la esquina.
Emocionada, abrió la puerta del Cullinan y exclamó:

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