A Diego se le subió el corazón a la garganta; sentía la punta de los dedos helada.
Respiró hondo, tratando de ocultar el pánico.
Le hizo una seña a Josefa para que cuidara a la niña y caminó rápido hasta el fondo del pasillo antes de contestar.
La voz de Amaya se escuchaba acelerada y tensa, llena de angustia:
—Diego, acabo de tener una pesadilla horrible. Soñé que Reni tenía muchísima fiebre y estaba convulsionando. ¿Cómo está? ¡Dime la verdad ahorita mismo!
A Diego le dio un vuelco el estómago, pero hizo todo lo posible por sonar tranquilo:
—Todo bien, no te preocupes. Está perfecta.
—¡No te creo! —Amaya no le compró el cuento—. Voy para allá ahora mismo y me la entregas. Nunca había tenido una pesadilla tan real, no estoy tranquila, ¡tengo que verla con mis propios ojos!
Diego intentó controlar su pánico, alzando un poco la voz:
—¡Amaya, por favor! Soy su papá, ¿tú crees que le haría daño? La niña es la adoración de todos en la familia Muñoz; mi abuela y mis papás están encantados con ella y quieren que se quede unos días más. No tiene caso que vengas, porque aunque llegues, no te voy a dejar verla.
Sin darle oportunidad de decir una sola palabra, le colgó el teléfono.
Diego se quedó pálido como un fantasma, con las manos empapadas en sudor.
Del otro lado de la línea, Amaya apretaba el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos; ese mal presentimiento crecía dentro de ella como mala hierba.
Ese sexto sentido de madre no fallaba. Algo le había pasado a Reni, si no, no sentiría tanta desesperación.
Por más que Diego jurara que Renata era la adoración de los Muñoz, ella no se tragaba ni media palabra.
La frialdad interesada de Josefa, la avaricia de Rubén, la arrogancia de Diego... a los ojos de Amaya, nadie de esa familia servía para nada.
Haber dejado a Reni en manos de esa gente era como jugar a la ruleta rusa con la vida de su propia hija.

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