Leonor y Diego se quedaron helados.
Leonor tomó la mano de Amaya por instinto:
—Si no hablé antes, fue porque pensé que lo mejor era que ustedes dos resolvieran sus problemas de pareja por su cuenta.
—Amaya, sé que has sufrido injusticias. Hasta mi papá admite que la forma en que mi mamá se portó durante tu embarazo y tu parto estuvo muy fuera de lugar y dejó mucho que desear.
—Hoy vine para pedirte perdón y, además, para platicar sobre la fiesta del bautizo de la bebé. Mi papá dice que organizaremos un festejo en grande para compensar todo lo que pasaste, pero con la condición de que dejes atrás todos los pleitos. Deja de armar escándalos y vive bien con Diego de ahora en adelante.
El tono de Leonor ya no tenía esa típica arrogancia del pasado; al contrario, era calmado e intentaba llegar a un acuerdo con Amaya.
Esta era la primera vez, desde que se había casado y entrado a la familia Muñoz, que la trataban de igual a igual y con respeto.
En el pasado, ya fuera Leonor o las otras dos hermanas de Diego, siempre que interactuaban con Amaya lo hacían con una actitud de superioridad, como si fueran intocables.
Si Amaya no hubiera armado un escándalo mayúsculo, llevándolos al límite, jamás habría conseguido ese nivel de respeto.
Al pensar en eso, Amaya no pudo evitar reírse con frialdad en su interior, pero por fuera mantuvo una expresión serena y no dijo nada.
Al darse cuenta desde antes de que Leonor había ido para hacer de mediadora, Amaya ya le había mandado un mensaje a Sofía para que fuera al restaurante.
Sofía, tras recibir el mensaje, había manejado a toda velocidad. Justo cuando estaba en la puerta, escuchó el discursito de Leonor y, enfurecida, empujó la puerta del reservado de un golpe seco.
—Oye, Leonor, ¿es en serio o vienes a contar chistes?


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta