Antes de que Sebastián pudiera decir una palabra, Catalina comenzó a rebuscar en el suelo y rápidamente encontró dos piedras afiladas.
A continuación, juntó un montoncito de hierba seca y apiló algunas hojas marchitas para usarlas como yesca.
Se agachó y comenzó a golpear las dos piedras entre sí con fuerza y rapidez, hasta que empezaron a saltar chispas sobre la hierba seca.
Al principio, las chispas eran diminutas y se apagaban en el momento en que tocaban las hojas.
Sebastián se dio cuenta de que el viento estaba interrumpiendo el proceso, así que, sin pensarlo, se colocó frente a ella para bloquear la brisa.
Pensó en ayudarla directamente, pero al ver la concentración en su pequeño rostro, sintió curiosidad por saber si realmente sería capaz de lograrlo.
Catalina no se rindió. Frotó y golpeó las piedras una y otra vez hasta que, por fin, una chispa prendió en la yesca.
El pasto seco comenzó a desprender un hilillo de humo gris. Catalina saltó de alegría y gritó de la emoción.
—¡Sebas! ¡Mira! ¡Está saliendo humo!
Para evitar que la chispa se apagara, se tiró al suelo sin importarle ensuciarse y sopló suavemente sobre la brasa humeante.
Pronto, una llama brillante cobró vida.
La alegría iluminó el rostro de Catalina. Rápidamente comenzó a añadir ramitas más gruesas para estabilizar la fogata. Al ver el resplandor danzante entre los árboles, su sonrisa floreció radiante como una flor en primavera.
Era la primera vez que Sebastián miraba con tanta atención el rostro de una mujer durante tanto tiempo.
Su sonrisa tenía un poder sanador; era contagiosa y levantaba el ánimo con solo mirarla.
En especial, esos pequeños hoyuelos que se le formaban en las mejillas al sonreír, le provocaron una agitación inesperada en su corazón, un corazón que llevaba muerto mucho tiempo.
Por un instante fugaz, Sebastián recordó a la chica de la que se enamoró en su juventud.
Ella también tenía un rostro ovalado y unos hoyuelos marcados. Su sonrisa era igual de cálida y brillante que la de Catalina, capaz de hacer sonreír a cualquiera que la viera.
*Si Javier Benítez no me hubiera alejado de mi país natal...*

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