Amaya llevaba un sobrio vestido negro. Su maquillaje era sutil y elegante, y su mirada tranquila y dulce imponía un profundo respeto.
A su lado, la pequeña Reni, con un abriguito oscuro, le sostenía la mano obedientemente, con un rostro sereno.
La presencia de los tres cayó como un ancla, aplacando al instante la tensión que se respiraba en la entrada del velorio.
Al ver a la exesposa del joven Muñoz llegar con la niña y su actual esposo, tanto los invitados curiosos como la escandalosa Alba se quedaron mudos.
Todas las miradas se posaron en ellos, cargadas de sorpresa y morbo.
En un momento tan crítico, hasta los aliados más antiguos de los Muñoz estaban huyendo para que no los salpicara el lodo.
Ver a Amaya y a Romeo ahí era, sin duda, algo completamente inesperado.
Amaya, manteniendo la compostura, tomó el arreglo de flores blancas que le pasó su asistente y lo colocó en la entrada.
Al escuchar el revuelo, Diego salió de la sala acompañado de sus tres hermanas.
Cuando vio a Amaya sosteniendo la mano de Reni, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Hacía tiempo que no la veía y su pequeña princesa había crecido. Su cabello ligeramente rizado enmarcaba un rostro encantador, parecía una verdadera muñequita. Sentía unas ganas inmensas de abrazarla.
Paula fue la primera en no resistirse. Se agachó frente a la niña y le extendió los brazos:
—Reni, soy tu tía Paula. ¿Me dejas abrazarte?
Reni miró de reojo a Amaya. Al ver que ella asentía suavemente, la niña aceptó y se lanzó a los brazos de Paula.
Paula la levantó y caminó hasta quedar junto a Diego.

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