Sebastián no miró hacia atrás, solo respondió con voz calmada:
—Por mi situación, vivir en casa de ustedes solo les traería problemas. Es mucho más práctico quedarme en un hotel.
—No se preocupen, el lugar donde me quedo es bastante amplio. Pueden visitarme cuando quieran.
Tras decir esto, se marchó con paso seguro y despreocupado, sin mostrar ningún tipo de duda.
Amaya suspiró con pesadumbre:
—Yo esperaba que, al volver, sintiera el calor de un verdadero hogar. Pero veo que sigue acostumbrado a estar solo.
Romeo la rodeó con el brazo por los hombros y le dijo con ternura:
—Es muy difícil cambiar las costumbres de tantos años. No te angusties demasiado por él.
—Sé que quieres que vuelva a ser feliz y que recupere la luz, pero cuando alguien ha caminado en la oscuridad por tanto tiempo, es difícil que abrace la luz de un día para otro. Hay que darle tiempo.
Amaya asintió suavemente y luego propuso:
—Vamos. Hay que comprar un arreglo floral fúnebre y llevar a Reni al funeral de la familia Muñoz.
—Después de todo, era su abuelo biológico.
Romeo asintió aprobando la idea:
—Sí, ya le pedí a alguien que se encargara de eso.
La familia Muñoz instaló la sala de velación de Rubén en un elegante recinto en Solsepia.
Los cuatro hermanos Muñoz, vestidos de riguroso luto, permanecían de pie en la entrada con semblantes sombríos.
Todo el peso de la organización del funeral había caído sobre los hombros de Diego, quien lidiaba con una presión aplastante.

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