Catalina hizo un puchero, ofendida:
—¡Tengo veintiséis años, ya no soy una niña!
—¡Soy profesora universitaria, y en una carrera de ciencias exactas, donde las mujeres somos minoría! Sebastián, no me subestimes.
—¡Cuando Romeo y Amaya terminen de construir el Parque Industrial M2, hasta puede que me inviten como profesora invitada!
Al escuchar esto, un destello de sorpresa pasó por los ojos de Sebastián.
Por su apariencia juvenil y su actitud extrovertida, había asumido que Catalina no era más que una chica rica y mimada.
Nunca imaginó que a su edad fuera profesora de universidad, y mucho menos de ciencias.
Recordó de golpe que su propio sueño había sido estudiar física para convertirse en un gran científico.
Un sueño que le fue arrebatado de forma cruel, convirtiéndose en el mayor dolor de su vida.
Saber que Catalina vivía su sueño le provocó un cúmulo de emociones que no supo definir.
En esta vida había ganado más dinero del que cualquiera pudiera gastar en mil vidas.
Pero había cosas que ninguna fortuna podría devolverle: sus piernas y su juventud arrebatada.
A pesar de su conmoción interna, su rostro permaneció impasible y su voz fue cortante:
—¿Y eso qué importa? Lo que haces y de lo que estamos hablando son mundos completamente diferentes.
El rostro de Catalina se sonrojó de la impotencia:
—¿C-Cómo que diferentes? Yo...
Quería defenderse y demostrar que podía ser útil, pero antes de que pudiera terminar, Sebastián levantó la mano con autoridad:
—Suficiente. Fin de la discusión.
—Amaya, Romeo está muy golpeado. Llévalo a la habitación para revisarlo, y si es necesario, vayan al hospital. No tiene sentido hacerse el fuerte.

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