Sebastián asintió, con un tono de absoluta certeza:
—Esa es exactamente su lógica.
El ambiente se volvió pesado; todos comprendieron la magnitud del problema.
—Lo tienen todo calculado.
Sebastián continuó con la mirada fija:
—Dante se encarga del trabajo sucio mientras el pez gordo mueve los hilos desde las sombras. Si logran arrebatarles el Parque Industrial M2, esos miles de millones se lavarán legalmente. Una vez que el proyecto esté en marcha, rastrear sus negocios turbios será imposible.
Romeo, recargado apenas en el borde del sofá para no lastimar su espalda, seguía pálido.
Apretó los puños apoyados sobre sus rodillas:
—Si las cosas son así, esto ya no es solo una rivalidad de negocios. No le estamos arruinando solo un negocio a Dante, estamos amenazando un imperio de corrupción gigantesco.
—Por eso mandaron asesinos. Querían eliminarnos de raíz.
Amaya frunció el ceño:
—Si Romeo y yo moríamos hoy, el proyecto se quedaba sin líderes y Dante podría haberlo tomado sin problemas. Con el respaldo del pez gordo, todo les saldría redondo.
Catalina, que había escuchado todo en silencio desde un sillón individual, había perdido toda su alegría.
Pensaba que solo se trataba de una competencia empresarial por contratos o terrenos, jamás imaginó que había tantas vidas y oscuridad de por medio.
Instintivamente, miró a Sebastián.
El hombre estaba sentado con una calma imponente, desglosando un plan letal como si hablara del clima.
Ese nivel de frialdad y control absoluto era algo que nunca había visto en ningún otro hombre.
Catalina habló en voz baja, aún sin poder creerlo del todo:
—Ellos... por dinero... ¿de verdad son capaces de matar a cualquiera?

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