—Amor, la bebé cumple un mes hoy, ¿puedes venir a recogernos?
Amaya Ibarra sostenía a su hija envuelta en mantas, y en su tono tranquilo se notaba una discreta esperanza.
Al otro lado del celular, la voz de Diego Muñoz sonaba calmada, sin rastro de ninguna emoción:
—Tengo un compromiso de imprevisto, le diré al chofer que pase por ti y por la bebé para llevarlas a casa.
Diego había estado ausente por exceso de trabajo tanto en el parto como durante toda la cuarentena posparto.
Y ahora, justo cuando la bebé cumplía un mes y ella terminaba su reposo, él seguía sin presentarse.
Amaya sintió un nudo en la garganta y se contuvo para no llorar.
—...Está bien, entiendo.
—Ami, siempre has sido muy independiente. Sé que puedes con esto sin hacer drama. Échale ganas, vas a ser una gran mamá.
Diego colgó la llamada después de decir eso.
Ese tonito de ánimo, como si le hablara a una empleada, hizo que Amaya sintiera una punzada en el corazón.
En ese momento, Axel Ponce, amigo de Diego, le llamó:
—Me salió un imprevisto para hoy, perdón, no podré ir a la fiesta del primer mes en el Hotel Sol Dorado. ¡Felicidades por el bebé!
¿Fiesta del primer mes?
¿El bebé?
Amaya no entendía nada. Iba a hacerle más preguntas, pero Axel ya había colgado.
El celular vibró con una notificación de WhatsApp. Axel le había transferido diez mil pesos como regalo, pero ni un minuto después, canceló la transferencia.
[Perdón, Amaya, me equivoqué, no fuiste tú quien tuvo al bebé.]
Axel le mandó un audio disculpándose rápidamente, junto con una docena de stickers pidiendo perdón.
Sin embargo, en medio de esa avalancha de mensajes nerviosos, Amaya notó que algo andaba mal.
Una terrible sospecha le cruzó por la mente al instante.
A las once de la mañana, Amaya, vestida con una chamarra negra, gorra y cubrebocas, apareció puntual en la entrada del salón principal del Hotel Sol Dorado.
La entrada del salón estaba repleta de gente. Entraban y salían por doquier.
Había un enorme póster con la foto de un bebé que decía: "Fiesta del primer mes del bebé Mateo Ortega". Los invitados que pasaban por ahí eran completos desconocidos para Amaya.
Pensando que había sido una falsa alarma, soltó un suspiro de alivio y se dio la vuelta para irse.
Pero, justo en ese instante, escuchó una voz muy familiar a sus espaldas:
—Apenas terminaste la cuarentena, hazme caso, déjame cargar al niño. Espérame tantito, le preparé un regalo increíble para su primer mes.
Amaya se quedó congelada. Volteó de golpe y vio, a poca distancia, a un hombre recibiendo a un bebé regordete de los brazos de una mujer.
¡Ese hombre era Diego, su marido, el mismo que había desaparecido por todo un mes!
[Te veo caminar de un lado para otro todos los días, ni siquiera tienes náuseas, seguro aguantas un poco más de carga de trabajo. Échale ganas, solo confío en ti para revisar los diseños.]
...
La realidad era que, durante todo el embarazo, Amaya había sufrido todos y cada uno de los síntomas: náuseas, pies hinchados, presión alta, mareos...
Fueron precisamente las constantes palabras de ánimo y reconocimiento de Diego las que la mantuvieron a flote, soportando todo hasta el parto sin tomarse más de dos días de descanso.
Alguna vez llegó a dudar en su interior, sintiendo que la actitud de Diego era demasiado fría, como la de un jefe, y que le faltaba la empatía y el cariño que debería tener un marido.
Pero así había sido siempre su dinámica con Diego y ya se había acostumbrado.
Él era así con todo el mundo, o al menos ella creía que él era ese tipo de hombre.
Hasta hace unos instantes.
Tuvo que ver con sus propios ojos cómo recibía al bebé de las manos de otra mujer con sumo cuidado, escuchar su voz llena de preocupación y notar cómo le sostenía la cintura para evitar que se tropezara.
Solo entonces se dio cuenta de que él sí sabía ser cariñoso.
El problema era que no lo era con ella.
Al entenderlo, Amaya sintió como si le hubieran arrancado un pedazo del pecho con las manos desnudas, dejando un dolor insoportable.
Sin darse cuenta, sus piernas comenzaron a moverse y siguió a la multitud hacia el interior del salón.
Quería ver con sus propios ojos qué clase de sorpresa le había preparado su marido, a sus espaldas, a la mujer y al hijo de otro.

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