C16-¿DÓNDE ESTUVISTE?
En el club, el puño de Ian se tensó sobre el reposabrazo.
—Así que Arthur tiene algo sobre ti. Y tú no tienes nada sobre él.
Gerald asintió miserablemente.
—Si me expone, voy a prisión… —se estremeció—. Arthur Hayes no es el tipo de hombre que perdona traiciones.
Ian sonrió.
—Tienes razón. Pero yo tampoco.
Se levantó, ajustándose la chaqueta.
—Y por eso, vas a hacer exactamente esto: Mañana a primera hora, llamarás a Savanna Hayes y le dirás que reconsideraste. Que tu junta directiva aprobó el contrato. Y ahora será de ochenta millones, con los mismos términos.
Gerald palideció.
—¡¿Qué?! No, eso es más de lo que...
Ian se inclinó sobre la mesa plantando sus manos sobre la superficie.
—Escúchame muy bien. No estás en posición de negociar. Ochenta millones, o puedo hacer que tu vida se convierta en un infierno tan profundo que desearás que solo fueran las fotos. ¿Crees que Arthur es peligroso? Yo puedo destruirte sin ensuciarme las manos. Así que asiente, sonríe, y agradece que solo te esté cobrando treinta millones extra por hacerle llorar a mi esposa.
Gerald tragó saliva, algo le decía que el hombre que estaba delante de él no estaba jugando.
—Yo... está bien. Ochenta millones. Entendido.
—Bien.
Ian se enderezó, alisándose la chaqueta con movimientos precisos. Se giró para irse, pero después de dar dos pasos, se detuvo. Lentamente, rotó sobre sus talones, clavando los ojos en Gerald como dagas.
—Ah, y una cosa más. Nadie sabrá de esta conversación. Ni Arthur, ni tu amante, ni tu maldita secretaria. Porque si una sola palabra de esto sale de tu boca...
Y eso no podía quedar así.
Cuando Ian abrió la puerta del ático, eran las cinco y media de la mañana. El cielo comenzaba a teñirse de gris al otro lado de las ventanas. Cerró la puerta sin hacer ruido, quitándose los zapatos y la chaqueta del traje que Savanna le había comprado, ahora era Ian Smith.
Entonces la vio.
—¡Joder! —exclamó sobresaltado. —Me asustaste.
Savanna estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, los brazos sobre el pecho y sus ojos atravesandolo como cuchillos.
Ian no era un hombre que se pusiera fácilmente nervioso, pero ahora lo estaba.
—¿Qué pasó? ¿No podías dormir?
Su voz se esforzo por sonar casual, como si no acabara de llegar después de pasar toda la noche fuera. Savanna no se movió, sino que siguió mirándolo, hasta que soltó.
—¿Dónde estuviste? Y por tu bien Ian, más te vale que no haya sido con una mujer.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!