C15: Soy el esposo de Savanna Hayes.
La SUV se detuvo frente al Velvet Room. Ian bajó del vehículo. Ahora llevaba un traje negro impecable y usaba un reloj que valía más que el salario anual de la mayoría de las personas en ese club.
Se veía exactamente como lo que era: un depredador en territorio de caza.
Las mujeres en la entrada lo miraron pasar. Una de ellas le susurró algo a su amiga, mordiéndose el labio. Otra intentó llamar su atención, pero Ian ni siquiera giró la cabeza. Braxton lo siguió, ajustándose la chaqueta con una sonrisa de suficiencia y le guiñó un ojo a las chicas.
—Soy su jefe —dijo con falsa modestia.
Las mujeres rieron y Braxton les lanzó un beso al aire antes de seguir a Ian, quien ya había entrado al club sin mirar atrás.
La música golpeaba como un pulso, las luces de neón cortaban la oscuridad en tonos azules y morados y el olor a alcohol caro y perfumes caros llenaba el aire.
Ian caminó entre la multitud buscando su objetivo. Braxton se acercó a su lado, señalando con la barbilla hacia una mesa VIP en el segundo piso.
—Allá está.
Ian siguió la mirada y vio a Gerald Thornton recostado en un sofá de cuero, riendo con un hombre de cabello rubio, ajeno a la tormenta que estaba a punto de caerle encima.
Ian subió las escaleras. Sus pasos eran medidos, controlados, cada músculo de su cuerpo estaba tenso, listo para atacar.
Gerald iba a beber otro trago cuando una sombra cayó sobre él.
—Bonita noche para celebrar —dijo Ian con voz grave—. Lástima que esté a punto de arruinarse.
Gerald levantó la vista y frunció el ceño, tratando de ubicar ese rostro.
—¿Tú eres...?
Ian no respondió. En cambio abrió la chaqueta de su traje y tomó asiento frente a él, cruzando las piernas en Erlang.
—Vine a darte la oportunidad de reconsiderar un trato.
Gerald dejó su copa sobre la mesa, el hombre ruso a su lado se tensó, sintiendo el peligro.
—Déjanos solos —le ordenó Ian. Y apenas había terminado la frase cuando el chico se perdía de vista.
—¡No sé quién diablos eres! —espetó Gerald furioso—, pero no hago negocios con desconocidos que interrumpen mi noche.
Ian se reclinó en el asiento, pasando una mano por su barbilla.
—¿No? Qué lástima. Pensé que eras más inteligente.
Gerald rio, pero no había humor en el sonido.
—Mira, no sé de qué empresas eres, para que vinieras aquí a rogarme, pero no me interesa. Ahora lárgate antes de que llame a seguridad.
Ian lo miró fijo y le dio una sonrisa lenta.
—Bien. Entonces tendré que hacerlo a mi manera.
Chasqueó los dedos y Braxton dejó caer las fotografías que hicieron que Gerald palideciera instantáneamente.
Él y el hombre ruso. En un yate. En posiciones que su esposa definitivamente no aprobaría.
Gerald miraba las fotos con los ojos desorbitados y de la nada sus manos empezaron a temblar cuando las recogió, tratando de esconderlas.
—Tú... ¿cómo...? ¿Quién...? ¡¿Quién eres?!
Ian se inclinó hacia adelante y ya la sonrisa había desaparecido.
—Soy el esposo de Savanna Hayes. Y tú cometiste el error de joderla.
«Firmaste un contrato. Sin preguntas, sin interferencias.»
Habían sido frías, distantes, como si ella no fuera nada más que un trabajo.
Se sentía sola, traicionada y estúpida por haber pensado, aunque fuera por un segundo, que él se quedaría, que le importaba.
Pero entonces se reprendió a sí misma.
Ian no era nada de ella.
Su matrimonio no era real.
Era solo un acuerdo comercial, una transacción.
Pero eso no la hizo sentirse mejor. De hecho, se sintió peor.
Porque en algún momento había empezado a olvidar que todo era falso y eso la aterraba más que incluso Arthur pudiera quedarse con la empresa.
Entonces una idea cruzó su mente. Una idea que la hizo apretar las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
«¿Y si fue a ver a una mujer?»
La posibilidad la golpeó como un puñetazo.
Ian era atractivo, peligrosamente atractivo. Las mujeres lo miraban donde fuera que iban, ya se había dado cuenta. Y él nunca había prometido fidelidad, el contrato no decía nada sobre eso.
La idea de él con otra mujer, tocándola, besándola...
—Si fuiste a ver a otra mujer, Ian —siseó en la oscuridad y con la sangre caliente—, te juro que te arrancaré los ojos. Porque sea un trato o no... estamos casados. Y hasta entonces… eres mío.
Las palabras salieron con más veneno del que pretendía. Pero no las retractó, porque al final, eran verdad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!