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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 110

C111- ¿DÓNDE ESTABAS?

El frío fue lo primero que Jodie sintió al despertar. Un frío que se filtraba desde las sábanas hasta sus huesos, haciéndola temblar antes de que sus ojos se abrieran completamente. Intentó moverse, pero su cuerpo se sentía pesado, torpe, como si no le perteneciera. La cabeza le pulsaba con un dolor sordo que le nublaba los pensamientos. Aun así, parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista, y fue entonces cuando se dio cuenta.

Estaba desnuda.

El pánico explotó en su pecho como una bomba. Se incorporó de golpe, aferrando las sábanas contra su cuerpo mientras miraba alrededor con ojos que no podían procesar lo que veían.

No estaba en su apartamento.

No estaba en ningún lugar que reconociera.

Era una habitación lujosa y por la ventana se mostraban las luces de New York.

—¿Dónde...? —susurró, con la voz ronca y quebrada.

—Despertaste.

La voz de Elias la hizo girar la cabeza, él estaba sentado en una silla junto a la puerta, con los ojos fijos en ella.

—Elias... —Jodie sintió como si el aire se hubiera vuelto más denso—. ¿Qué me hiciste?

Él se puso de pie, acercándose y Jodie retrocedió instintivamente, presionando su espalda contra el cabecero de la cama mientras aferraba las sábanas.

—Lo necesario —respondió Elias, de una forma que la hizo estremecerse—. Lo necesario para que estemos juntos.

—¿Qué... qué quieres decir? —preguntó, aunque una parte de ella ya sabía la respuesta.

Ya sentía el horror trepando por su garganta.

Elias sacó algo del bolsillo de su chaqueta. Un teléfono. Lo desbloqueó y se lo mostró. En la pantalla había fotos, fotos de ella, desnuda, en esa misma cama y con él a su lado.

—No... —susurró, negando varias veces—. No, no, no...

—Ahora Braxton no tendrá dudas de que nos amamos —dijo Elias, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ahora todo el mundo sabrá que me elegiste a mí.

La rabia explotó en el pecho de Jodie como lava hirviendo y se lanzó hacia él, intentando arrebatarle el teléfono, pero Elias fue más rápido. La esquivó con facilidad, dejándola caer sobre la cama mientras él guardaba el dispositivo de nuevo en su bolsillo.

—¡Eres un monstruo! ¡Un maldito monstruo!

—Soy alguien que te ama —respondió Elias, con una convicción que la enfermaba—. Y que hará lo que sea necesario para que estemos juntos. ¡Tú me amas, Jodie! ¡Nadie deja de amar así nada más!

Ella lo miró con un odio tan puro que podría haber quemado el mundo, pero debajo de ese odio había algo peor: miedo.

Un miedo visceral que le retorcía las entrañas y le hacía sentir como si estuviera ahogándose.

—Braxton va a matarte —siseó, temblando—. Cuando se entere de lo que hiciste, va a destruirte.

Elias se encogió de hombros, como si eso no le importara en lo más mínimo.

—Quizás. Pero para entonces ya será demasiado tarde. Ya serás mía.

Se giró y caminó hacia la puerta, deteniéndose solo para mirarla por encima del hombro.

—Hay ropa en el armario. Vístete, tenemos mucho de qué hablar.

—No, no, no... —susurró, con el corazón latiéndole cada vez más rápido.

Intentó rastrear su auto. Nada.

Intentó acceder a las cámaras de tráfico de la ciudad. Nada.

Era como si Jodie hubiera desaparecido del mapa.

Se puso de pie, con el pánico trepando por su garganta como una bestia salvaje y se instaló con una certeza martillándole el cerebro: algo malo había pasado. Algo muy malo.

HORAS DESPUÉS…

Cuando Jodie finalmente llegó al apartamento, era casi la media noche. Había logrado convencer a Elias de que la dejara ir. Apenas se detuvo frente a la puerta, Braxton la abrió y la miró con ojos que estaban rojos de no haber dormido, pero ahora se mostraban llenos de preocupación y alivio.

—¿Dónde estabas? —preguntó, abrazándola—. Te llamé mil veces. Estaba a punto de llamar a la policía.

Jodie se quedó rígida en sus brazos y quería devolverle el abrazo, pero no podía devolverle el abrazo, ni siquiera podía mirarlo a los ojos.

—Tuve... tuve un problema con el auto —mintió—. Me quedé varada en la carretera y mi teléfono se descargó.

Braxton se apartó, mirándola con una intensidad que la hacía sentir expuesta.

—¿Estás bien? Pareces...

—Estoy bien —lo interrumpió ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Solo cansada.

Pero no estaba bien y jamás… volvería a estarlo.

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