Al señor Herrera le salía sangre de la nariz y los ojos por los golpes.
El hombre no se detuvo hasta asegurarse de que ya no tenía fuerzas para defenderse.
Fermín reconoció el rostro del hombre; se le hacía familiar.
Un momento después, cayó en la cuenta: era el guardaespaldas que había estado cuidando a Macarena.
—¿Benicio? ¿Qué haces aquí?
Al mismo tiempo, un ruido llegó desde el fondo del acantilado.
Fermín se quedó paralizado y miró hacia abajo. Se asomó todo lo que pudo y descubrió con una oleada de alivio que, no muy lejos, crecía una rama de árbol, ni muy gruesa ni muy delgada.
Benicio Oliva se aferraba a ella con una mano, con el cuerpo suspendido en el aire, mientras que con la otra sujetaba con fuerza el trozo de soga atado a Macarena.
¡Macarena estaba viva!
Al darse cuenta, Fermín sintió una inmensa alegría.
Para entonces, el señor Herrera estaba casi inconsciente, y sus hombres se habían enfrascado en una pelea campal con otro grupo de desconocidos.
Ernesto y el francotirador, al ver que la situación había cambiado, se apresuraron a acercarse.
—¡Rápido, ayúdenme a rescatarlos! ¡Traigan una cuerda! —gritó Fermín, poniéndose de pie.
Un trozo de la soga que sujetaba a Macarena todavía estaba atado al árbol.
Desató el nudo con los dedos temblorosos, solo para darse cuenta de que no era lo suficientemente larga.
—¡Bajen a Abril!
—¡Necesito la cuerda que la sujeta a ella! —ordenó.
Nadie sabía cuánto tiempo aguantaría la rama a la que se aferraba Benicio.
Tampoco sabía cuánta fuerza le quedaba a él.
Tenían que darse prisa.
Tenían que rescatarlos cuanto antes.
Ernesto y los demás reaccionaron y, entre varios, se apresuraron a desatar la soga.
Abril, colgada en el aire, veía cómo Fermín se desesperaba por rescatar a Macarena sin siquiera acordarse de bajarla a ella primero; y cuando lo hizo, fue solo para quitarle la soga. Sintió una punzada de tristeza y decepción.
Al mismo tiempo, miró hacia abajo, a Benicio y Macarena luchando por sobrevivir, y la envidia y el desprecio volvieron a inundarla.
«¿Por qué no se moría de una vez? ¡Debería estar muerta!».
Al verlo, Macarena sintió como si le doliera a ella misma.
—Te vas a destrozar la mano —le dijo, angustiada.
Benicio lo sabía.
Pero acababa de escalar desde el otro lado del acantilado, sin tiempo para medidas de seguridad, aferrándose solo a las rocas y raíces del borde con la punta de los dedos.
Sumado al dolor de la herida, sentía con claridad cómo su mano empezaba a entumecerse.
La sangre hacía que la soga estuviera cada vez más resbaladiza.
Un pequeño descuido y podría soltarla.
Benicio sentía que sus fuerzas se agotaban, pero al ver el rostro preocupado y angustiado de Macarena, intentó sonar lo más tranquilo posible.
—No te preocupes, no tardarán mucho.
—Ya controlaron a Marcelo Herrera y a sus hombres. Pronto nos rescatarán.
Aunque intentaba aparentar que no pasaba nada, Macarena vio las venas marcadas en su frente y cuello.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste
Por favor informen si las cantidades que tienen en la aplicación para pagar es en moneda mexicana para poder pagar...
Las cantidades que ponen para pagar son en pesos nexicanos...
Abone para obtener monedas para habilitar capítulos y no hay subido mas. Que sucede?...
Porque no han subido mas capítulos??...