LILIANA CASTILLO
Giré hacia Carmen y le di un par de vueltas a la pata rota que me quedaba en la mano. Sabía que el truco no saldría dos veces y tenía que pensar.
—Dispara a las piernas —susurró Carmen y el hombre bajó el cañón, apuntando hacia mis muslos—. No la quiero muerta.
Fruncí el ceño confundida y Carmen volvió a sonreír.
—Tontita, si estás embarazada de Javier, no voy a arriesgarme a perder a mi nieto —contestó a la pregunta que nunca formulé—. ¿Sabes? Pensaba que un niño como Javier era difícil de educar y de guiar, pero resultó muy dócil y, sobre todo, muy efectivo. No me molestaría tener otro como él a mi disposición.
»En cuanto a ti, bueno, tal vez lo mejor será que te rompa las piernas y te meta en un psiquiátrico donde pases tu embarazo. Incluso, si te portas bien, podría dejarte vivir eternamente ahí, entre los locos, con tus piernas siendo fracturadas cada par de meses —dijo con calma, como si ya lo tuviera planeado desde antes—. Javier no te extrañará. De seguro tampoco le interesará el bebé y dejará que yo me haga cargo de él. ¿Tu padre? Bueno… puedo deshacerme de él después. Ahora que Javier es el líder de la organización, no será difícil.
Solté un bufido y una media sonrisa mientras negaba con la cabeza.
—Vaya que la perra tiene una boca muy grande —dije entre risas cansadas. Mientras Carmen mantenía la sonrisa su rostro enrojecía del coraje.
—Déjala lisiada —sentenció con firmeza y yo retrocedí.
Entonces la «alarma» sonó.
La puerta de la cocina quedaba detrás de Carmen y su hombre. Lo último que vi fue como esa enorme tabla con ventana circular se desprendía de sus bisagras, haciéndose pedazos envuelta en fuego y humo. La explosión fue un rugido seco y feroz. No esperaba que fuera tan grande, pero la acumulación de gas había sido demasiada cuando alcanzó los hornos abiertos.
Caí al piso, detrás del hombre que había matado. Los aspersores de agua se activaron por el fuego. No supe cuánto tiempo permanecí desorientada, con los oídos tapados, solo escuchando un ligero zumbido que no se quitaba ni aunque sacudiera la cabeza. Me sentía lenta, como debajo del agua, mientras le quitaba su arma al cadáver.
Me levanté con dificultad, evitando resbalar con el agua que ya se había encharcado. Vi del otro lado de la mesa a Carmen, aun en el piso, protegida por su guardia. Por un breve momento nos vimos a los ojos antes de que abriera la puerta, entonces pude escuchar su grito.
—¡Dispárale! —Me señaló mientras yo comenzaba a correr, rebasando las puertas dobles del comedor. Los aspersores de toda la casa estaban activos, arruinando obras de arte, empapando las alfombras y haciendo resbaloso el piso.
—¡¿Por qué no le dices que planeabas fracturarme las piernas y meterme a un psiquiátrico el resto de mi vida?! —exclamé indignada, pero cuando lo dije en voz alta caí en cuenta de que lo que yo había hecho sonaba peor—. ¿Sabes qué? Olvídalo.
—Javier, se lo merece… merece sufrir por todo lo que hizo. ¡Casi me mata! —agregó Carmen con ese llanto tan odioso y de pronto me sentí en la misma encrucijada que había estado con Carl.
Carl había escogido a Rita por encima de mí, era su hermana, y la sangre es más densa que el agua. Volteé hacia Javier, con ojos llorosos que se disimulaban por las gotas que seguían cayendo en mi rostro. ¿El escogería a su madre? ¡Hasta la pregunta era necia! ¡Claro que lo haría, era su madre!
De pronto Javier sacó su pistola de su funda y sentí un nudo en el estómago. Agaché la mirada y me puse sensible. No era el mejor momento, pero no lo podía evitar. Creí que había algo especial entre nosotros, que sería suficientemente fuerte para que me considerara, pero… era ilógico pensar así. Me mataría y seguiría del lado de su madre, así como Carl siguió del lado de Rita.
Cerré los ojos y tragué saliva, sabiendo que el camino se había acabado para mí. Lo único que me daba consuelo era que me había llevado a dos conmigo. Rita y Rafael, nos veríamos en el infierno.
Entonces escuché un par de disparos y mi corazón se detuvo.

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