LILIANA CASTILLO
—Sabes que es cierto —contesté con calma—. ¿Qué dirán cuando sepan que el gran Rafael, quien se regodeaba con su gran trofeo, la novia del militar, solo fue un felpudo que mantuvo un hijo que no era suyo?
»Qué triste es cuando la realidad te escupe en la cara, ¿no? —Me sorprendía que atacar a su hombría fuera más doloroso para él que el daño físico—, pero no te preocupes, la realidad no te encontrará vivo, tendrás que retorcerte en tu tumba.
Entonces abrí la bolsa lentamente, ante sus ojos.
—¿Qué es eso? —susurró, pero sus ojos brillosos y angustiados delataron que ya sabía lo que era.
—Es Alondra, vino a devolverte el favor —contesté encogiéndome de hombros y con una gran sonrisa cubrí su cabeza con ella, enredándola en su cuello para que las cenizas de Alondra no escaparan. Rafael se sacudió con violencia, queriendo jalar aire, pero Alondra ya lo estaba ahogando, entrando a sus pulmones, asfixiándolo como él la asfixió a ella.
Contuvo la respiración mientras intentaba desgarrar la bolsa con la mano libre.
—No, eso si que no —contesté con media sonrisa antes de tomar mi navaja, liberando su mano para después apuñalarlo por debajo del esternón, haciendo que el dolor lo obligara a jalar aire de nuevo. Pude ver sus ojos inyectados en sangre, horrorizados, a través de la bolsa—. Se acabó Rafael. Aquí tienes tu dosis de karma.
Con un solo movimiento bajé la navaja, cortando tela, piel y músculo hasta llegar a la hebilla de su cinturón. Sus manos intentaron sostener su abdomen, pero comenzó a toser, manchando la bolsa con sangre desde adentro, y sus intestinos se desparramaron a sus pies antes de perder por fin la vida.
Le quité la bolsa de la cabeza para encontrarme con su gesto retorcido, dejándome en claro que se había ido como yo había querido, lleno de angustia y agonía. Usando la sangre de su abdomen pinté en su frente: Infiel.
—Perfecto —dije con media sonrisa, satisfecha con mi trabajo.
Salí de la oficina sintiéndome más ligera, con el aroma de la sangre impregnado en mis fosas nasales. Tenía que salir de ahí antes de que lo descubrieran. Llegué hasta la puerta trasera por donde me escaparía, en cuanto la abrí me quedé congelada.
—¿Terminaste? —preguntó Carmen entornando los ojos y ofreciéndome una sonrisa afilada.
Mis labios se entreabrieron por la sorpresa, entonces di media vuelta, lista para correr en otro sentido cuando choqué con alguien, ni siquiera tuve tiempo de identificarlo cuando me golpeo con fuerza en la cabeza, apagando todo.
Fue el parpadeo más largo de mi vida.
Cuando recuperé la conciencia, apreté los párpados con fuerza, como si así pudiera espantar el dolor de cabeza. Sentía algo pegajoso cayendo de mi frente, escurriendo por mi mejilla, de seguro era sangre. Intenté mover los brazos, pero fue imposible, estaba esposada, por suerte no estaban adormilados, eso significaba que no llevaba mucho tiempo así.
Sentada en el comedor, a la cabeza, vi al par de hombres parados ante la puerta, con las manos detrás de la espalda, sin mirarme, como un par de estatuas.
—El peor intento es el que no se hace… —susurré, aunque en el fondo admitía estar en desventaja.
—¡Te van a matar! —gritó Carmen con una sonrisa.
—¡Quien tenga miedo a morir, que no nazca! —respondí furiosa y me lancé hacia el primero. Su arma me apuntó y apenas tuve oportunidad de esquivar su disparo, que me dejó sorda de un oído y con una herida profunda en la mejilla que había comenzado a sangrar. Para mi suerte, mi puntería era mejor.
«Recuerda, ataca zonas blandas. Cuello, ojos, abdomen. De otra manera solo vas a desperdiciar una oportunidad que podría salvar tu vida», había dicho mi padre durante sus entrenamientos.
El tiempo se detuvo, sus palabras quedaron retumbando en mis oídos, levanté la mirada al mismo tiempo que mi mano sentía algo caliente cubriéndola. La pata de madera era demasiado gruesa para clavarla en su ojo o cuello, pero suficiente para perforar su abdomen. No fue fácil, no fue como cortar mantequilla con un cuchillo caliente. Imprimí fuerza, me despojé de ese nerviosismo que te hace dudar, y no me detuve, no cuando su ropa se manchó de sangre, tampoco cuando su piel crujió al abrirse.
Lastimar a alguien no es fácil. No pasa y ya. Implica esfuerzo, furia, determinación, saber qué harás lo necesario, que no te arrepentirás a medio camino.
El hombre cayó al piso, sosteniendo el pedazo de madera con ambas manos mientras boqueaba como pez fuera del agua. Entonces volteé hacia Carmen que estaba flanqueada por el otro hombre. Su rostro me decía que no se esperaba lo que hice. Como si lo que le pasó a Rafael hubiera sido un golpe de suerte.
«Recuerda siempre dejar a tu oponente en el piso, sin capacidad de levantarse y seguir peleando, porque si te confías, se levantará y te romperá la madre», de nuevo las palabras de mi padre dieron vueltas en mi cabeza y apoyé mi zapato en la mejilla del hombre en el piso, sin despegar la mirada de Carmen, puse todo mi peso, aplastando su cabeza en dirección contraria hasta que su cuello tronó, estaba roto.

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