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Ya no soy tu Esposa, ni su Madre, ni su Hija: Solo Soy Yo romance Capítulo 9

Lorena se apresuró a llevarse a Alejandro de inmediato.

—No quiero verte esta noche —sentenció Patricio.

Leticia asintió y se dio la media vuelta para subir a su cuarto.

Patricio llevaba tiempo durmiendo separado de ella; incluso cuando se quedaba en esa casa, nunca compartían la cama.

Ya en su habitación, Leticia sacó un cuaderno de un cajón y lo abrió.

Las páginas estaban llenas de pequeñas marcas de conteo. Cada vez que Patricio le rompía el corazón, ella trazaba una raya más.

Tomó un bolígrafo con la intención de agregar una marca nueva al papel.

Sin embargo, su mano se detuvo antes de tocar la hoja. En lugar de escribir, pasó los dedos sobre el papel sintiendo las texturas irregulares. El papel estaba frío al tacto.

Resultaba que, en solo cinco años, Patricio le había dado incontables motivos para llorar.

Y ella, Leticia, a punto de cumplir treinta años, no había logrado absolutamente nada en la vida más que dar a luz a un hijo.

Y ahí estaba, anotando en una libreta cuántas veces la lastimaba un hombre.

A los diecisiete años, llevar un diario así podía considerarse tierno.

Pero a los veintisiete, hacer algo así era simplemente patético.

Tan patético que daba risa.

Cerró el cuaderno, fue al estudio y empezó a arrancar las hojas una por una para meterlas en la trituradora de papel.

Los finos trozos de papel caían como si estuviera nevando.

Una hoja se atoró. Leticia intentó sacarla, pero su dedo resbaló contra el metal, rompiéndole la uña desde la base. El dolor fue tan agudo que le arrancó un gemido.

Patricio abrió la puerta de golpe.

—¿Qué estás haciendo?

Leticia se puso pálida y se agarró el dedo con fuerza.

—Nada.

—¿Quién te dio permiso de entrar aquí?

De pronto, Leticia perdió todas las ganas de discutir.

Sin importar lo que dijera o hiciera, la única respuesta que recibiría de Patricio sería rechazo y frialdad.

Incluso si le decía que se había lastimado, seguramente pensaría que se lo tenía merecido por tonta.

Se dio la vuelta, salió de la habitación y cerró la puerta de un portazo.

Patricio se quedó mirando fijamente la puerta cerrada.

Tenía la extraña sensación de que Leticia estaba empezando a comportarse de un modo diferente.

Al día siguiente, Leticia llevó a su hijo al kínder y luego manejó hasta Tecnologías López.

Al ser un talento natural en su campo, aunque nunca había ejercido profesionalmente, no le costó nada adaptarse al ritmo laboral.

Además, en todos esos años como ama de casa, jamás había dejado de estudiar y siempre se mantuvo al tanto de las tecnologías más avanzadas.

La semana pasó volando.

El viernes por la tarde, Leticia salió temprano del corporativo, recogió a Alejandro y se lo llevó a la casa de su familia.

Su hogar estaba en un callejón a las afueras del Distrito Poniente; era una pequeña casa de ladrillo rojo de dos pisos. Aunque los años ya se le notaban, siempre estaba impecablemente limpia. El balcón estaba atestado de macetas con flores de todos los colores que se podían ver desde lejos.

En el patio había un árbol que daba sombra y regalaba una brisa fresca.

Al entrar con su hijo de la mano, Leticia percibió el delicioso olor a costillas a la barbacoa.

Su madre, Cecilia, salió a recibirlos.

—Abuela —la saludó Alejandro con obediencia.

—¡Ay, mi niño! —exclamó Cecilia, abrazándolo feliz. Lo llenó de besos y le acarició el cabello; no se cansaba de mirarlo.

—Pasen, pasen. Sabíamos que vendrían, así que tu bisabuela empezó a cocinar temprano. Puras cosas que les gustan —dijo Cecilia con una sonrisa inmensa.

Leticia llevó a su hijo a lavarse las manos en el lavadero del patio y vio la silueta de Julieta afanándose en la cocina.

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