Cuando Leticia tenía diez años, sus padres se divorciaron y su madre se la llevó de regreso a la casa de su abuela. Desde entonces, las tres mujeres habían vivido juntas, apoyándose mutuamente.
Hacía cinco años, cuando descubrió que esperaba un hijo de Patricio, se sintió perdida. Era la primera vez que enfrentaba algo así y no tenía idea de qué hacer.
Para colmo, Julieta enfermó de gravedad y terminó internada en urgencias.
Con los recibos del hospital ahogándola todos los días, Leticia no le dijo nada a su madre y fue a buscar a la familia Quezada ella sola.
Le sacaron sangre y una prueba de ADN confirmó que era hijo de Patricio. Los Quezada le preguntaron cuáles eran sus intenciones, y ella simplemente respondió: "Necesito dinero".
La familia le depositó cinco millones en un abrir y cerrar de ojos, y con eso logró salvarle la vida a su abuela.
Poco después, recibió el aviso de los Quezada ordenándole que firmara el acta de matrimonio con Patricio.
Para Leticia, aquello fue un sueño hecho realidad. Llena de amor por Patricio y de esperanzas para el futuro, corrió feliz a casarse.
Estaba segura de que viviría un cuento de hadas.
Pero la realidad le había dado una bofetada brutal.
Ahora lo entendía: los regalos del destino siempre tienen un precio oculto.
Toda su miseria actual no era más que ella misma pagando sus propias deudas del pasado.
Por eso, Leticia no odiaba a Patricio. Él tenía derecho a tratarla como quisiera.
Leticia llevó a su hijo al comedor, y el pequeño preguntó en voz baja:
—Mamá, ¿a qué hora nos vamos?
Leticia frunció el ceño.
—¿Acabamos de llegar y ya te quieres ir?
Alejandro se quedó callado.
Julieta sirvió la comida y les pidió con entusiasmo que se sentaran.
En el centro de la mesa había un humeante platillo de costillas a la barbacoa, y todos los demás guisos eran los favoritos de Leticia y Alejandro.
Cecilia llevaba mucho tiempo sin ver al niño, así que mientras le servía comida, no paraba de preguntarle cómo le iba en el kínder.
Como Alejandro era un niño serio, le contestaba con monosílabos.
Al día siguiente, Cecilia fue a firmar el divorcio con la cara llena de moretones.
Cuando era niña, Leticia no entendía por qué su madre se aferraba a un hombre como él. Fue hasta que conoció a Patricio que por fin lo entendió.
Cada mujer tenía que atravesar su propio infierno.
Al principio, Leticia odió profundamente a su padre por haberlas abandonado, pero lo superó rápido. Después de todo, cuando vivía con ellas, tampoco le había demostrado mucho cariño.
En su infancia, Leticia siempre trataba de sacar las mejores calificaciones y ser perfecta en todo, pero su padre la miraba con absoluta frialdad.
En los ojos de aquel hombre nunca hubo ni una pizca de amor paternal.
—¿De verdad? —se sorprendió Cecilia.
—Recuerdo que Leti también tomaba clases de dibujo cuando era niña —comentó Julieta.
—Lástima que nunca logré nada importante con eso —dijo Leticia, acariciándole el cabello a su hijo—. El talento de Alejito es mil veces mejor que el mío, tal vez se saltó una generación.
La sonrisa de Cecilia se congeló de golpe.
Dejó su tazón sobre la mesa y cruzó una mirada rápida con Julieta, pero al final decidió no decir nada.

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