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Ya No Soy La señora Junco, Soy La Dueña del Tablero romance Capítulo 7

Esther había perfeccionado sus habilidades culinarias para cuidar a Ignacio. A todos en la familia Junco les encantaban sus platillos, pero nadie la respetaba. Cada vez que iba a la casa principal para una reunión familiar, todos la trataban como a la criada.

Ignacio nunca la había defendido.

Antes aguantaba a la familia porque necesitaba su ayuda. Pero ahora su madre ya no estaba y ella iba a divorciarse; no tenía ninguna necesidad de seguir agachando la cabeza.

Esther rechazó la orden por instinto:

—Doña Rocío, Ignacio ya se curó, así que ya no tengo ninguna obligación de atenderlo. Estamos en proceso de divorcio. A partir de hoy dejo de ser la sirvienta de los Junco; tendrá que buscar a otra persona para que haga sus mandados.

Rocío nunca le permitió llamarla mamá. Durante esos tres años, Esther siempre se dirigió a ella como señora o Doña Rocío. Al principio eso le dolía mucho a Esther, e incluso lloraba de tristeza.

Ignacio le decía:

—Es solo una forma de llamarla, no te compliques la vida por eso.

Pero ahora a Esther le parecía perfecto; al menos ya no tenía que llamar mamá a esa vieja bruja.

Rocío se burló:

—Apenas se muere tu madre y ya dejas a mi hijo. De verdad que te vendes como una mercancía.

Acostumbrada a los ataques de Rocío, Esther replicó:

—Piense lo que quiera, de ahora en adelante usted no tiene nada que ver conmigo.

Colgó la llamada inmediatamente, y la bloqueó y eliminó de todos lados. A partir de ese momento, la familia Junco sería un grupo de extraños para ella.

El espectáculo había terminado; ahora iría al encuentro de su nueva vida.

Rocío, al no poder contactar a Esther, la llamó directamente a Ignacio, hecha una furia.

Gritó por teléfono:

—Esther se ha creído la gran cosa. ¡Hasta me bloqueó! ¿Es verdad que se van a divorciar? Mejor que se divorcien, alguien de su estrato nunca estuvo a tu altura.

Ignacio bajó la mirada y respondió:

—Nada de eso. No voy a divorciarme de ella. Solo está haciendo un berrinche, se le pasará en unos días.

Estaba tan acostumbrado a la docilidad de Esther que no creía que fuera capaz de dejarlo sin importarle las consecuencias. Durante estos tres años, ella había cumplido con todas sus exigencias.

Rocío resopló:

—Entonces haz que regrese para preparar el banquete de tu abuela para pasado mañana.

Doña Beatriz le lanzó una mirada fulminante:

—Ambas son mujeres, pero no tienes piedad al humillarla, y todavía te llenas la boca diciendo que vienes de una familia de alcurnia. Ya veo que la educación en tu familia deja mucho que desear.

A Rocío le dolió el pecho del puro coraje, y la culpa de todo la tenía Esther.

Se fue hasta el Condominio Los Cipreses buscando venganza, pero no encontró a nadie.

No se dio por vencida y le ordenó a su hija, Marta Junco, que llamara a Esther. Tampoco entró la llamada.

Marta, muy molesta, se quejó:

—Mamá, esa mujer también me bloqueó.

Con las manos temblando de rabia, Rocío insultó:

—¡Es una igualada! Aún no se divorcia de tu hermano y ya está así de alzada. Con esa actitud, que ni piense que podrá hacerse un lugar en nuestra familia.

Marta le dio la razón:

—Exacto. Ella sacó la lotería al casarse con mi hermano. Debería rezar todos los días y estar eternamente agradecida por el favor que le hiciste.

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