Esther había perfeccionado sus habilidades culinarias para cuidar a Ignacio. A todos en la familia Junco les encantaban sus platillos, pero nadie la respetaba. Cada vez que iba a la casa principal para una reunión familiar, todos la trataban como a la criada.
Ignacio nunca la había defendido.
Antes aguantaba a la familia porque necesitaba su ayuda. Pero ahora su madre ya no estaba y ella iba a divorciarse; no tenía ninguna necesidad de seguir agachando la cabeza.
Esther rechazó la orden por instinto:
—Doña Rocío, Ignacio ya se curó, así que ya no tengo ninguna obligación de atenderlo. Estamos en proceso de divorcio. A partir de hoy dejo de ser la sirvienta de los Junco; tendrá que buscar a otra persona para que haga sus mandados.
Rocío nunca le permitió llamarla mamá. Durante esos tres años, Esther siempre se dirigió a ella como señora o Doña Rocío. Al principio eso le dolía mucho a Esther, e incluso lloraba de tristeza.
Ignacio le decía:
—Es solo una forma de llamarla, no te compliques la vida por eso.
Pero ahora a Esther le parecía perfecto; al menos ya no tenía que llamar mamá a esa vieja bruja.
Rocío se burló:
—Apenas se muere tu madre y ya dejas a mi hijo. De verdad que te vendes como una mercancía.
Acostumbrada a los ataques de Rocío, Esther replicó:
—Piense lo que quiera, de ahora en adelante usted no tiene nada que ver conmigo.
Colgó la llamada inmediatamente, y la bloqueó y eliminó de todos lados. A partir de ese momento, la familia Junco sería un grupo de extraños para ella.
El espectáculo había terminado; ahora iría al encuentro de su nueva vida.
Rocío, al no poder contactar a Esther, la llamó directamente a Ignacio, hecha una furia.
Gritó por teléfono:
—Esther se ha creído la gran cosa. ¡Hasta me bloqueó! ¿Es verdad que se van a divorciar? Mejor que se divorcien, alguien de su estrato nunca estuvo a tu altura.
Ignacio bajó la mirada y respondió:
—Nada de eso. No voy a divorciarme de ella. Solo está haciendo un berrinche, se le pasará en unos días.
Estaba tan acostumbrado a la docilidad de Esther que no creía que fuera capaz de dejarlo sin importarle las consecuencias. Durante estos tres años, ella había cumplido con todas sus exigencias.
Rocío resopló:
—Entonces haz que regrese para preparar el banquete de tu abuela para pasado mañana.
Doña Beatriz le lanzó una mirada fulminante:
—Ambas son mujeres, pero no tienes piedad al humillarla, y todavía te llenas la boca diciendo que vienes de una familia de alcurnia. Ya veo que la educación en tu familia deja mucho que desear.
A Rocío le dolió el pecho del puro coraje, y la culpa de todo la tenía Esther.
Se fue hasta el Condominio Los Cipreses buscando venganza, pero no encontró a nadie.
No se dio por vencida y le ordenó a su hija, Marta Junco, que llamara a Esther. Tampoco entró la llamada.
Marta, muy molesta, se quejó:
—Mamá, esa mujer también me bloqueó.
Con las manos temblando de rabia, Rocío insultó:
—¡Es una igualada! Aún no se divorcia de tu hermano y ya está así de alzada. Con esa actitud, que ni piense que podrá hacerse un lugar en nuestra familia.
Marta le dio la razón:
—Exacto. Ella sacó la lotería al casarse con mi hermano. Debería rezar todos los días y estar eternamente agradecida por el favor que le hiciste.

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