La furia de Leandro ardía hasta el cielo.
—¡En cuanto Isa despertó, me explicó todo lo que pasó! Mi madre se enfureció al enterarse de que me casé sin su permiso.-
—Te reclamó por estar aferrada a mí. Tú perdiste los estribos, te cegó la rabia y tomaste ese cuchillo.
—Isa estaba hablando por teléfono conmigo y corrió de inmediato para tratar de salvar a mi madre.
—Pero tú ya estabas desquiciada, y la empujaste brutalmente al suelo.
—¡Leandro! —Los grandes ojos de Sofía se llenaron de lágrimas.
A ella no le sorprendía en lo más mínimo que Isabel la hubiera incriminado.
Había mucha gente sin escrúpulos en el mundo dispuesta a lastimar a otros por su propio beneficio.
El hecho de haber caído en su trampa solo la convertía en una más de las víctimas de la envidia; no era el fin del mundo.
Pero Leandro... el hombre al que había unido su vida, su esposo, la única persona que podía protegerla... ¡se había puesto del lado de quienes la estaban destruyendo!
—¿De verdad le crees a Isabel Molina antes que a mí?
El atractivo rostro de Leandro se contrajo de ira: —¡Abre bien los ojos! ¡Los hechos están frente a ti!
—¡Mi madre estuvo nueve horas en el quirófano! ¡Estuvo al borde de la muerte!
—Todos los días hace donaciones a fundaciones y apoya a la iglesia, solo porque anhela vivir unos años más.
—¡Alguien que valora tanto su vida no buscaría la muerte por sí misma! ¡Tú fuiste quien intentó quitársela!
—Y además Isa... ¡yo vi con mis propios ojos cómo la empujaste! ¡Tú lastimaste a Isa, Sofía!
Incluso si tuviera cien bocas, no podría defenderse.
Una profunda sensación de impotencia formó un nudo en la garganta de Sofía.
Abrió la boca con dificultad y preguntó en un susurro: —Entonces... según tú, ¿qué debería hacer ahora?
Un documento fue arrojado frente a ella. Sofía bajó la mirada, y sus pupilas se dilataron por el shock.
Era una demanda de divorcio.
—Leandro... ¿tú... quieres divorciarte de mí?
Leandro respondió con una voz fría y decidida: —Tengo que hacerme responsable de Isa.
Sofía abrió los ojos de par en par, instintivamente.
En su línea de visión, el rostro de Leandro solo mostraba culpa, pero no hacia ella.
—¡Cállate la boca! ¡No te atrevas a llamarme así! ¡Mi familia jamás aceptará este absurdo matrimonio tuyo con Leandro! —le soltó Arturo de golpe, sin piedad.
Sofía se mordió el labio y, sacando fuerzas de donde no tenía, intentó aclarar las cosas.
—Cuando llegué a la casa, la señora Corona me pidió que le pelara una manzana. Yo solo tomé el cuchillo, y ella se lanzó sobre mí. Usó mis propias manos para apuñalarse.
El Señor Molina dio un paso al frente para rebaterla: —¿Y esperas que alguien se crea esa locura? ¿La señora Corona, que te dio techo y te trató como a una hija, se va a lastimar para perjudicarte a ti? ¡Y ni hablemos de mi hija! Isa es una dama de cuna noble, ¿crees que arriesgaría su precioso rostro lanzándose contra una mesa de cristal? ¡Estás loca! ¡Puras mentiras salen de tu boca!
El Señor Molina estaba rojo de rabia y, tras escupir todo aquello, sintió que aún no era suficiente.
Lanzó una mirada afilada a su alrededor.
—¡Además, hay testigos! ¡Más de diez empleados de esta casa te vieron atacarlas!
Sofía no se dio por vencida: —Todos ellos están comprados. Se pusieron de acuerdo para mentir.
¡Plaf!
Una mano enorme voló hacia ella. La pesada bofetada del anciano aterrizó con brutalidad en la mejilla izquierda de Sofía. Los callos rasposos de la palma de su mano rasgaron su piel delicada.
Sintió la cara ardiendo como si le hubieran prendido fuego; un dolor punzante y agudo le atravesó el rostro.
Sofía se llevó las manos a la mejilla, aturdida.

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