La oscuridad interminable volvió a tragar su cuerpo.
Sofía quedó sumergida en un silencio tan espeso como el de una tumba.
En su mente resonaban las palabras que le había dicho a Leandro: "estoy dispuesta a esperar" a que Cristina despertara.
También le había asegurado que "aceptaría cualquier castigo" con tal de que él no la abandonara.
Evaluando su situación a la luz de sus propias promesas...
El cuarto oscuro era, de hecho, una forma de castigo. Si quería cumplir su palabra, debía soportarlo.
Ella sabía aguantar las penurias y era experta en soportar el dolor físico y emocional.
Se repetía que, en cuanto Cristina se recuperara, ya no tendría que divorciarse.
Así que decidió no volver a quejarse ni hacer berrinches, resignándose voluntariamente a su encierro entre tinieblas.
Cuando el cansancio de estar sentada era insoportable, se recostaba en el duro suelo de madera para intentar dormir.
Y cuando le dolía la espalda de estar tumbada en lo duro, volvía a sentarse.
Así transcurrían los días, en un ciclo de tortura monótona.
El lugar estaba infestado de ratas e insectos.
En medio de la negrura, podía sentir cómo las ratas corrían sobre sus pies; sentía sus pequeñas garras arañando su piel y la fricción de sus cuerpos peludos rozándola.
Las pateaba para alejarlas, se abrazaba las rodillas y se cambiaba de lugar, arrinconándose más.
Al no poder ver absolutamente nada, los mosquitos se daban un festín con su piel, picándola por todos lados.
A oscuras, utilizaba sus conocimientos de medicina para ubicar puntos de presión en su cuerpo, rasguñaba los piquetes con sus propias uñas hasta hacerlos sangrar para liberar las toxinas.
La primera vez que vio luz desde que la encerraron ahí fue cuando alguien desde afuera abrió una pequeña ventanilla cerca del suelo, del tamaño de un libro escolar. Una mano asomó por el hueco y empujó un tazón metálico hacia el interior.
En cuanto el tazón tocó el suelo, la ventanilla se cerró de golpe.
Sofía escuchó cómo aseguraban el cerrojo por fuera.
Gateó torpemente en la oscuridad hasta encontrar el recipiente metálico. Se lo acercó a la cara, y al inhalar el aroma de la "comida"...
¡Puaj!
Un olor asqueroso a podrido le golpeó el olfato hasta marearla.
Esa basura era incomible.
En La mansión Corona hasta los perros de raza tenían sus propios chefs y se les preparaban platillos frescos con carne de primera calidad todos los días.
Si le estaban sirviendo algo peor que las sobras de un animal, era una clara indicación de que el objetivo era matarla de hambre lentamente.
"Supongo que esto también es parte del castigo", pensó con amargura.
Intentó convencerse de ello.
Fiel a su palabra, no protestó ni armó un alboroto; aceptó su miserable ración en silencio.
Además, considerando que estaba encerrada en una caja de zapatos sin baño ni ventilación, ingerir alimentos y tener que hacer sus necesidades ahí mismo solo empeoraría sus condiciones de vida.
No le aterraba la idea de pasar hambre. Su abuelo le había enseñado técnicas de ayuno, y en una ocasión había logrado pasar catorce días enteros consumiendo solo agua y meditación.
Si restaba los tres días que ya había pasado sin comer, calculaba que podría soportar otros once sin colapsar.
Pasaron cinco días más.
El estómago comenzó a arderle con un dolor punzante, y le daban constantes arcadas de las que no salía nada.
Pensó que, por no haber probado bocado en tanto tiempo, su cuerpo finalmente estaba llegando a su límite biológico.
La bazofia podrida del tazón seguía siendo incomible.
Pero recordó un detalle que le dio una chispa de esperanza: el primer día, antes de que apagaran la luz, había alcanzado a ver un plato con fruta fresca en la mesa de ofrendas a los ancestros.
Gateando desesperada, palpó la madera hasta dar con el plato. Sus dedos rozaron la piel de una manzana seca, y la agarró con ansias.
Al tocarla con cuidado, sintió unos surcos irregulares en la pulpa; era obvio que las ratas ya se habían dado un banquete con ella.
Giró la manzana varias veces, buscando con el tacto las partes lisas que aún no habían sido mordisqueadas por los roedores.
Y allí mismo, en la oscuridad, empezó a devorar los trozos limpios.
Se comió tres manzanas de la misma forma, aunque, restando todo lo que las ratas habían mordido y babeado, la porción real de comida que llegó a su estómago fue muy poca.
Llevaba demasiado tiempo sin comer, y aunque probó muy poco, las incontrolables ganas de vomitar continuaban.
Pensó que solo necesitaba recostarse y descansar un poco para que su estómago volviera a acostumbrarse a digerir alimentos.
Sin embargo, al día siguiente, las náuseas empeoraron de manera alarmante.
Sentada en medio del foso oscuro, se quedó pensativa.
Teniendo profundos conocimientos de medicina, una idea la cruzó como un relámpago, haciéndola comprender de golpe qué estaba pasando en su cuerpo...

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