Zulema lo miró de reojo por un segundo y ambos entraron.
Gerardo Nieto ya los esperaba en la sala. Zulema lo saludó diciéndole papá, pero él no reaccionó.
Sebastián lo saludó con respeto, llamándolo suegro. Gerardo apenas levantó la vista, soltó un murmullo indescifrable como respuesta, lo miró por un instante y luego apartó la mirada sin decir nada más.
La comida transcurrió en un ambiente sumamente pesado. Las empleadas sirvieron los platos y se retiraron, pero todo lo que había en la mesa eran los platillos favoritos de Zulema desde niña.
Durante toda la reunión, Zulema apenas pronunció un par de palabras. Sebastián fue quien llevó el peso de la conversación; Gerardo respondía esporádicamente o hacía alguna pregunta de negocios, mostrando una actitud muy distante.
Sebastián manejó la situación con mucha soltura, manteniéndose educado y firme.
Zulema simplemente comía en silencio, sin sentirle sabor a la comida. Quería decir algo, pero cada vez que levantaba la vista y veía el rostro inexpresivo de su padre, las palabras se le quedaban atoradas en la garganta.
Ya se había acostumbrado a esa dinámica entre ellos: sin peleas, pero también sin reconciliación.
Al terminar de comer, Gerardo se levantó con la clara intención de irse a su estudio. El mensaje era obvio: no pensaba invitarlos a pasar la noche.
Zulema y Sebastián también se prepararon para despedirse e irse. Sin embargo, justo cuando llegaron a la puerta principal, escucharon pasos a sus espaldas.
Ambos voltearon y vieron a Gerardo caminando lentamente hacia ellos, llevando una caja en las manos.
Era una caja de madera vieja; el tallado en su superficie ya estaba gastado, prueba evidente de que era un objeto de muchos años.
Zulema se quedó paralizada al verlo acercarse, sin saber qué decir.
Gerardo la miró. Su tono seguía siendo igual de indiferente, pero le extendió la caja.
—Esto lo dejó tu madre.

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