Zulema cerró los puños con fuerza, mordiéndose el labio inferior mientras una mirada cargada de resentimiento asomaba a sus ojos.
—Fue la Familia Fajardo, ¿verdad?
Aunque su voz sonó muy calmada, la tensión en sus manos la delataba.
Sebastián la envolvió en un abrazo para consolarla. No respondió directamente, pero a veces el silencio es la respuesta más clara.
Zulema soltó una risa breve y amarga, con los ojos ya inundados en lágrimas. Levantó la mirada lentamente hacia Sebastián y, con voz ronca, dijo:
—¡¿O sea que estos cinco años casada con esa familia, sirviéndoles, respetando a sus mayores y dándoles regalos cada Navidad, estuve actuando con reverencia hacia los asesinos de mi madre y mi hermano?!
No pudo soportarlo más y su voz se elevó de golpe. Todas las emociones que había reprimido durante tanto tiempo estallaron, llevándola al borde del colapso.
—¡¿Y además le guardé luto a ese hombre durante cinco años?! Si toda la Familia Fajardo es culpable, ¡¿por qué Alberto iba a ser el único inocente?! Si él lo sabía, ¡¿cómo pudo fingir ser un marido tan amoroso todos estos años para luego seguir viviendo con el rostro de otro, mirándome como si fuera una imbécil?!
Zulema ya no pudo contenerse. Todo lo que llevaba guardado se desbordó. Las lágrimas rodaban por su rostro mientras respiraba con dificultad y su pecho subía y bajaba bruscamente.
Sebastián la estrechó en sus brazos con fuerza, sin dejar espacio entre los dos, apoyando la cabeza de ella contra su pecho, justo sobre su corazón.
Acarició su espalda suavemente, una y otra vez, tratando de calmarla.
—Escúchame, Zuly. Por ahora solo tenemos indicios que apuntan hacia ellos, no pruebas contundentes. Aún no hay nada que pueda sostener un caso. La Familia Fajardo es enorme, tiene muchas ramas y demasiados intereses de por medio. Incluso si están involucrados, no significa necesariamente que haya sido obra directa del lado de Alberto.
Él no estaba defendiendo a Alberto. Solo tenía miedo de que, por culpa de esta revelación, Zulema cuestionara cada decisión que había tomado. Que guardara luto no fue por ingenua, ni su dolor era por ser tonta; todo fue porque ella tenía un gran corazón y actuaba de buena fe. Sebastián no quería que ella se castigara a sí misma por los crímenes de otros.
Zulema escondió el rostro en su cuello, empapando su ropa con lágrimas y llorando sin consuelo.

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