Sebastián volvió a abrir los ojos para mirarla. La mirada del hombre, que siempre había sido tan inquebrantable, ahora estaba ligeramente enrojecida. Su expresión cambió y, finalmente, la ira se disipó de su rostro para dar paso de nuevo a su habitual gentileza.
Él también extendió la mano y apretó los dedos de ella, con delicadeza, como si sostuviera un tesoro recuperado.
Su voz aún sonaba un poco rígida.
—Más te vale cumplir con tu palabra.
Al verlo así, fingiendo firmeza cuando en realidad estaba muerto de preocupación, el corazón de Zulema se ablandó por completo. Levantó tres dedos.
—Te lo juro.
Al fin, Sebastián le dedicó una pequeña sonrisa y estiró la mano para acomodarle la manta. Justo en ese momento, alguien llamó a la puerta de la habitación.
Sebastián soltó su mano y se levantó para abrir. En el umbral estaba de pie un anciano de cabello blanco.
Era Aarón Sabato, el Dr. Sabato.
Sebastián, evidentemente sorprendido, hizo una leve y educada reverencia.
—Dr. Sabato, ¿qué lo trae por aquí?
El doctor aún llevaba puesta una bata de paciente, señal de que todavía no le habían dado el alta. Agitó la mano restándole importancia y miró a Zulema, que estaba en la cama, con una mirada cargada de un significado profundo.
—Da la casualidad de que estoy internado aquí mismo.
Diciendo esto, el Dr. Sabato entró en la habitación y se sentó en una silla cercana. Sebastián, por instinto, retrocedió a un lado para dejarles espacio.
Zulema miró al doctor e intentó sentarse por inercia, pero el tirón en la herida le hizo soltar un quejido de dolor. El anciano rápidamente le hizo un gesto con las manos.

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