Felipe se sorprendió un poco.
—¿Qué pasa, Zulema? ¿Mañana no vienes?
Zulema le explicó que al día siguiente asistiría a la ceremonia por el aniversario luctuoso de su madre. Felipe se alegró mucho por ella, ya que eso significaba que la relación entre Zulema y su padre por fin podría arreglarse.
—Ve tranquila. Cómprale unas margaritas a tu mamá de mi parte.
En ese momento, Zulema estaba tan feliz que sentía que podía perdonar al mundo entero... excepto a Alberto.
Al llegar a casa, comenzó a organizar la ropa que llevaría al día siguiente. Sabía que esta visita no sería cuestión de un solo día; presentía que su padre la había llamado también por otros motivos.
Mientras guardaba sus cosas a medias, recibió un mensaje de Gerardo Nieto: «Trae a Milagros contigo».
Se quedó helada. ¿Llevar a Milagros?
¿Acaso Milagros aceptaría ir?
Su padre aún no sabía que había renunciado a la custodia de la niña. Si se lo pedía, era porque seguramente también extrañaba a su nieta.
Zulema se sintió acorralada en un dilema. ¿Qué debía hacer?
Su padre apenas acababa de ceder, y ella no quería tener más conflictos con él. Era el único familiar de sangre que le quedaba en el mundo, sin contar a Milagros.
Se sentó en el suelo a pensar un momento y decidió que llevaría a la niña. El aniversario de su madre y de su hermano debía transcurrir sin contratiempos; ya le explicaría a su padre la situación de la custodia más adelante.
Con nerviosismo, marcó el número de Milagros. Tras la última discusión, la niña no le había vuelto a dirigir la palabra.
El teléfono sonó varias veces sin que nadie respondiera.
Zulema frunció el ceño y estaba a punto de colgar cuando, de repente, contestaron.
Era la voz de Hortensia, la empleada.
—¿Señora? ¿Es usted?
Zulema miró el número en la pantalla para confirmar; efectivamente era el de Milagros.

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