No llamó al número de emergencias de inmediato. Se quedó arrodillada en el suelo, dándole palmaditas en la espalda a Yolanda una y otra vez, dejando que los minutos pasaran lentamente.
Sabía perfectamente que el daño de esa sustancia química en las cuerdas vocales era irreversible, pero la gravedad dependía de la rapidez con la que se tratara. Cuanto más se demorara en llegar al hospital, mayor sería la cicatrización y menores las posibilidades de recuperación.
Cada minuto que pasaba era vital para asegurarse de que Yolanda no volviera a decir una palabra en su vida.
Solo los muertos y los mudos guardan bien los secretos. Bastante compasiva había sido al no quitarle la vida.
¿Con qué derecho esa idiota creía que podía usar ese secreto para chantajearla? En sus sueños.
Cuando sintió que había dejado pasar el tiempo suficiente, sacó el celular y llamó a la ambulancia, fingiendo un ataque de pánico a la perfección.
La ambulancia llegó rápido. Los paramédicos subieron a Yolanda a una camilla y Úrsula estuvo a su lado en todo momento, sosteniéndole la mano, con lágrimas cayendo por su rostro.
Hasta las enfermeras creyeron que eran hermanas de sangre.
La luz roja del quirófano se mantuvo encendida durante casi dos horas.
Úrsula esperaba sentada en las frías sillas del pasillo. Apoyaba la espalda en la pared, con una expresión de ansiedad y dolor tan convincente que hasta ella misma casi se lo creía.
Por fin, las puertas se abrieron y sacaron a Yolanda. Tenía el cuello envuelto en gruesas vendas y la piel tan blanca como una hoja de papel.
Úrsula saltó de la silla al instante y agarró la mano del médico. Su voz temblaba.
—Doctor, ¿cómo está? ¿Podrá volver a hablar?
El doctor se bajó la mascarilla, suspiró y negó lentamente con la cabeza.
Úrsula se alegró en su interior, pero al instante mostró una expresión de dolor inconsolable.
Sus ojos se llenaron de lágrimas en un segundo y preguntó con la voz entrecortada:

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