Yolanda corrió hacia ella y le tomó la mano. Con los ojos todavía rojos e hinchados, exclamó con voz aguda y apresurada:
—¡Ursi, rápido, dame el dinero! ¡Tengo que llevárselo a Zulema ahora mismo! De verdad está a punto de demandarme, y no puedo permitir que arruine mi vida, ¡aún tengo negocios que hacer!
Úrsula sintió un dolor agudo en la mano por la fuerza con la que Yolanda la apretaba, pero no mostró el más mínimo signo de molestia. Le dio unas palmaditas suaves y la ayudó a sentarse, hablándole con su tono amable de siempre:
—No te desesperes, ya tengo el dinero listo para ti.
Sacó de su bolso una tarjeta bancaria y la deslizó sobre la mesa hasta dejarla frente a Yolanda.
—Aquí están los quinientos mil. Llévalos y págale a Zulema primero.
Desde el instante en que sus ojos se posaron sobre la tarjeta, Yolanda no pudo apartar la vista.
Úrsula la observaba atentamente. Bajó la mirada y, con un toque preciso de preocupación y duda, le dijo:
—Yoli, prométeme que no le contarás a nadie nuestro secreto, ¿verdad?
Yolanda reaccionó y asintió de inmediato con una enorme sonrisa en el rostro.
—¡Claro que sí! Nunca rompería una promesa que te hice.
Pero en el mismo momento en que tomó la tarjeta y se la guardó en el bolsillo, su mente ya estaba haciendo otros cálculos.
Había sido tan fácil sacarle dinero a Úrsula, no había tenido que esforzarse en lo absoluto.
Entonces, ¿de qué tenía miedo? Mientras tuviera ese secreto en su poder, ya no se trataría de pedirle quinientos mil... ¡le sacaría un millón, o hasta dos millones!
Todo lo que Úrsula Salazar poseía se convertiría en su cajero automático personal.
Úrsula, viendo a Yolanda absorta en sus pensamientos, no pasó por alto esa rápida chispa de codicia en su mirada.

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