Apenas dio unos cuantos pasos dentro del salón principal, Zulema vio a Úrsula.
Estaba parada frente a uno de los paneles informativos, tomada del brazo de Alberto. Aunque la espalda de Alberto aún no sanaba del todo y su postura lucía rígida, allí estaba, acompañándola en el evento.
Se notaba que temía que Úrsula se sintiera fuera de lugar en ese entorno y, por eso, acudió a hacer de su fiel protector a pesar del dolor. Qué gesto tan conmovedor.
Zulema sonrió con autodesprecio, apartó la mirada y siguió caminando sin detenerse ni un segundo.
Úrsula también la había visto y volteó hacia Alberto.
—Alberto, ¿esa no es mi cuñada?
Alberto siguió la dirección de su mirada y, efectivamente, distinguió a Zulema entre la multitud.
Llevaba un vestido largo de color crema, y en ese momento giraba un poco la cabeza para decirle algo a un joven alto que la acompañaba.
Alberto frunció el ceño.
—Es ella. ¿Qué hace aquí?
—Quizás vino a conocer a un prospecto para casarse —dijo Úrsula en tono ligero, mientras una alegría secreta inundaba su pecho.
Estaba segura de que cuando Alberto viera a Zulema con otro, todo ese asunto quedaría sepultado para siempre.
Sin embargo, la mirada de Alberto se tornó gélida y bajó la voz.
—¿Conocer a un pretendiente en un evento formal de este nivel? Ursi, no digas tonterías.
Úrsula guardó silencio al instante, dándose cuenta de su error. Tenía sentido; era imposible que un simple pretendiente consiguiera una entrada a una convención de ese calibre, reservada para la alta sociedad.
Pero al recordar el plan que tenía con Yolanda, la felicidad en su interior no dejaba de crecer. Pasara lo que pasara, pronto se desharía de ese gran problema.
Por otro lado, Hugo seguía de cerca a Zulema mientras recorrían los distintos módulos de exhibición.
Cada vez que se detenían, Zulema leía atentamente la descripción del proyecto, y si veía información valiosa, intercambiaba opiniones con los expositores. En todo momento, se encargaba de darle espacio a Hugo, presentándolo de forma natural:

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