El mayordomo asintió sin parar.
—Sí, señor. Están esperando afuera. ¿Les decimos que pasen?
Nadie en la ciudad ignoraba el poder de la familia Ríos.
En Villa de los Ángeles, ellos eran los verdaderos dueños de todo. Sus negocios abarcaban los sectores más importantes: bienes raíces, finanzas, energía; y su red de contactos era inmensa e inalcanzable.
Aunque la familia Fajardo tenía cierta influencia, frente a los Ríos no eran más que hormigas al lado de un elefante.
Con semejantes visitas en la puerta, ¿cómo iba Don Patricio a negarse? Olvidándose por completo de la pelea que acababa de ocurrir, se apoyó emocionado en su bastón y ordenó apresuradamente.
—¡Rápido, háganlos pasar ahora mismo!
Todos en la mesa observaban la insólita reacción del anciano. Eran contados con los dedos de una mano los que lograban alterar la compostura de Don Patricio. ¿Quién podría ser a estas horas?
El mayordomo salió a paso acelerado y, en cuestión de minutos, regresó guiando a un hombre.
El recién llegado rondaba los cincuenta años. Llevaba el cabello impecablemente peinado y lucía un traje oscuro a la perfección. Caminaba con paso firme y sereno, sin desviar la mirada, atravesando el recibidor y el pasillo hasta llegar al comedor.
Aunque su presencia no era abrumadora, emanaba un aura de poder tan sutil que hizo que todos los presentes enderezaran la espalda inconscientemente.
Se detuvo frente a Don Patricio, hizo una ligera reverencia, educado pero sin la menor señal de sumisión.
—Buenas noches, Don Patricio. Disculpen la intromisión a la hora de la cena.
Don Patricio se apoyó en su bastón para ponerse de pie. Su tono fue infinitamente más cortés que cuando le hablaba a su propia familia.
—Es un honor recibirlo, discúlpeme por no haber salido a recibirlo personalmente. ¿En qué le puedo servir?

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