En cuanto Úrsula terminó de hablar, la atmósfera en el comedor cambió por completo. Su tono fue educado y suave, como si estuviera intentando ayudar a Zulema a explicarse.
Pero, en realidad, logró que todos volvieran a centrarse en el motivo de su retraso, abriendo una nueva válvula para el enojo que Don Patricio a duras penas había contenido.
Como era de esperarse, el tío Héctor fue el primero en dejar su copa. Él ocupaba un alto puesto en el Consorcio Fajardo y siempre le daba demasiada importancia a las apariencias y las reglas. Ya estaba indignado por haber esperado media hora, así que, con el comentario de Úrsula, su rostro se endureció aún más.
—Tiene razón. Zulema, incluso si te pasó algo, deberías darnos una explicación, ¿no crees? ¿O pensabas que con decir que había tráfico te íbamos a creer? Nuestro tiempo es valioso, y aun así hicimos espacio para venir a ver a tu abuelo. ¿Tú por qué no pudiste? ¿Acaso tu tiempo vale más que el nuestro?
Tras su comentario, los demás miembros de la mesa comenzaron a murmurar, dándole la razón.
—Se nota que no lleva nuestra sangre —se escuchó decir.
Alguien más añadió: —Ni educación, ni modales.
Insultos aún peores empezaron a filtrarse entre el sonido de las copas.
Zulema permaneció sentada en esa silla, rodeada de personas que hablaban de ella, pero ninguna se dirigía a ella directamente.
La estaban juzgando. No necesitaban que hablara.
La señora Fajardo miró a Zulema con frialdad y golpeó la mesa con sus cubiertos, provocando un ruido seco.
De por sí, nunca le había agradado esa nuera, y verla llegar tarde con esa expresión tan altiva, como si no debiera nada a nadie, la sacó de sus casillas.

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