Rafaela se acercó y miró a su alrededor. El privado no era muy grande; aparte de una barra, había un baño individual, pero la puerta estaba abierta y se podía ver todo el interior. Frunció el ceño y le dio una patada directa en la pierna a Liberto. La suela de su bota estaba mojada y dejó una marca en el pantalón del hombre. —¿Estás solo?
Liberto respondió con indiferencia: —Si no, ¿quién más creía la señora Padilla que estaría aquí?
—¿Quieres que te abrace?
El extractor de aire del cuarto estaba encendido, disipando rápidamente el olor a cigarro y alcohol. Sin embargo, el aroma en Liberto, una mezcla del perfume de su traje con alcohol, creaba una fragancia tenue y extrañamente agradable.
—Liberto, ¿te morirías por decir la verdad de vez en cuando?
—Sabes que no me gusta que me mientas. Te voy a dar una última oportunidad.
El tono de Rafaela sonaba serio. Esa mirada no le gustaba; una Rafaela así lo hacía sentir inseguro, como si no pudiera retenerla. El hombre la tomó de la mano y, con un suave tirón, la atrajo hacia su regazo.
—¡Qué haces!
—Quiero ver tu pie.
Rafaela lo miró, enojada. —Deja de cambiarme el tema.
Estaban pegados, con Rafaela sentada en sus piernas, y el aroma se volvió más intenso.
Liberto le quitó la bota alta y pronto vio su pie, pálido y delicado. El tobillo fino estaba ligeramente hinchado. —Joaquín.
Joaquín entró de inmediato. —Señor Liberto, ¿en qué puedo servirle?
—Trae un ungüento y, de paso, trae a esa gente.
Joaquín asintió. —Sí, señor.
***
Dos horas antes
Penélope había logrado llamar a Liberto, pero él le colgó directamente. Por el bien del taller, Penélope había investigado por todas partes para averiguar la agenda de Liberto.
Sin embargo, se necesitaba ser socio o tener un estatus especial para entrar, y ellas eran solo estudiantes.
Llamó una y otra vez, pero nadie contestaba. Sin más opción, solo podían esperar afuera a que saliera.
—Penélope, ¿y si le preguntamos a la señora Bautista? Después de todo, es tu madrina, no se negaría a ayudarte. Si tan solo pudiéramos conseguir el Astrolabio de Luna, nuestro taller podría reabrir.
—Es cierto, Penélope. La señora Bautista ayudó mucho a nuestro taller y a la asociación en su momento. Con su estatus, si ella interviniera, quizá ni siquiera necesitaríamos buscar a Liberto; a lo mejor él mismo nos daría el Astrolabio de Luna. Con tal de restaurar la reputación de nuestro taller, podemos renunciar a la cuota de restauración y cederla por completo al Grupo Jara. ¿Qué dices? Así ellos no saldrían perdiendo, ¿verdad? Además, es solo un diamante, para el Grupo Jara no es nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...