Fermín fue a pagar la cuenta, pero descubrió que ya estaba saldada.
Al entrar en el privado, se encontró con una escena extraña. Una mala vibra emanaba de Rafaela.
—¿Qué pasa? —preguntó Alonso con cautela.
Rafaela, fingiendo que no pasaba nada, se puso de pie. —Nada. Llévame al Hotel Ventanamar.
Fermín se quedó en la puerta del privado, sin atreverse a entrar. No fue hasta que Rafaela salió y casi chocó con él que Fermín, sumisamente, retrocedió para dejarla pasar.
Alonso conocía el temperamento de Rafaela; probablemente algo había sucedido.
Afuera caía una fuerte nevada, pero el viento era suave. Dentro del carro, la calefacción estaba al máximo. El trayecto desde allí no tomaría más de quince minutos, y a esa hora no había tráfico.
Cuando Rafaela bajó del carro con su bolso, azotó la puerta con fuerza.
Fermín se giró para ver a Alonso, que estaba detrás. —¿Qué le pasa a la señorita Rafaela? ¿Deberíamos ir a ver?
—Espera un momento. —A través de la ventanilla, la intensa nevada hacía que su silueta se viera borrosa, casi irreal. Solo cuando aquella figura radiante y decidida se alejó, Alonso apartó la vista y cerró los ojos para descansar.
Fermín no entendía qué más había que esperar.
—Señorita Rafaela, buenas noches. ¿Tiene una reservación?
—No se preocupe por mí —respondió Rafaela.
Calzando unas botas altas de tacón negras, caminaba con una presencia imponente y arrogante. Presionó el botón del elevador y subió.
Joaquín miró la hora. Faltaban cuarenta y cinco minutos para el toque de queda de las nueve y media. Justo cuando se preparaba para entrar al privado a recordárselo a Liberto, vio de repente a Rafaela.
—Ciertamente ya es muy tarde. Así que nosotros... nos retiramos.
Liberto apagó el cigarro que acababa de encender. —En casa son estrictos. Disculpen, la próxima vez los invito yo solo.
Ante las palabras de Liberto, los demás solo sonrieron sin atreverse a decir nada.
Esperaron a que todos se fueran. Joaquín los acompañó a la salida.
—¿Viniste? —Liberto claramente había bebido bastante; frente a él había varias copas vacías. Se recostó en la silla. Probablemente por el alcohol, en cuanto los demás se fueron, mostró su verdadero yo frente a ella. Se aflojó la corbata y se desabrochó un par de botones de su camisa negra. Su apariencia, antes formal, ahora lo hacía ver como un patán—. Qué raro, que la señora Padilla se digne a venir.
—Déjame ver si no te lastimaste el pie.
La patada que Rafaela le había dado a la puerta no fue suave, inevitablemente se habría lastimado el tobillo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...