Siguió caminando hacia la calle, sin un rumbo fijo, solo queriendo alejarse de los gritos que venían de adentro.
Se pasó una mano por la cara, quitándose el sudor y los restos de maquillaje.
—¡Marisol! —escuchó a sus espaldas.
Era Lara, que corría hacia ella recuperando el aliento. Tenía los ojos muy abiertos y una expresión de asombro total.
—¡Por Dios, amiga! ¡Lo que hiciste fue una locura… una locura increíble!
Marisol se giró y sonrió con verdadera satisfacción.
—Se lo merecen —respondió con una calma helada—. Por infieles. Por traicioneros. Por pensar que podían engañarme y seguir adelante como si nada.
Lara abrió los brazos, entusiasmada.
—Te admiro, amiga. No cualquiera hace lo que tú acabas de hacer. Eres bendecida, en serio. —La observó de arriba abajo—. Mira nada más… hermosa, joven, con dinero, y ahora libre de un perro infiel. ¡Eres invencible!
Marisol negó con la cabeza y bajó un poco la mirada, agotada.
—Invencible no… solo cansada. Quiero irme a casa, quitarme este vestido que ya no soporto y llorar todo lo que no he llorado.
—¿Llorar? —Lara alzó una ceja—. Ah no, mi amor. Tú no vas a llorar. No hoy. Hoy vas a celebrar. —La tomó del brazo—. ¡Vamos! Es hora de festejar que te libraste de un hombre que no te merecía. Hoy vas a conocer lo que es un verdadero hombre, no un traidor de tercera.
Marisol soltó una risa suave, resignada.
—Está bien… te lo concedo.
Subieron al auto de Lara. Marisol miró por última vez la iglesia por la ventana, sin reconocer ya el lugar en el que debió ser feliz.
***
Al llegar a casa, Marisol se desabrochó el vestido con desesperación. Lo tiró al suelo y lo pateó a un lado.
Respiró hondo, se metió en la ducha y talló su cuerpo con fuerza hasta que el agua caliente la relajó.
Frente al espejo, se tomó su tiempo. Se maquilló con cuidado, marcando sus ojos y pintando sus labios de un rojo intenso que nunca usó antes. Se soltó el cabello y dejó que cayera sobre sus hombros.
Eligió un vestido ajustado, brillante, con una caída elegante y un escote sutil. Se puso unos tacones altos y se roció perfume en el cuello. Se miró una última vez, se enderezó la espalda y salió de la habitación.
En cuanto la vio, Lara dejó escapar un silbido largo.
—Espectacular. —Le guiñó un ojo—. Te voy a llevar al mejor bar de la ciudad. Hoy no eres una novia abandonada. Hoy eres la mujer más deseada y libre que existe.
Marisol sonrió, agradecida por el esfuerzo de su amiga.
Tal vez sí necesitaba distraerse… olvidar, aunque fuera un par de horas que su vida se había derrumbado.


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