Todos los invitados ya habían visto su traición.
La verdad estaba expuesta.
Marisol avanzó dos pasos con una calma tan fría que a muchos les erizó la piel.
Y justo cuando Gael intentó tomarla del brazo, ella levantó la mano y lo abofeteó con fuerza.
Un golpe seco, contundente.
El eco resonó en la iglesia.
Gael retrocedió. Sus ojos, inyectados en rabia y asombro, buscaron los de ella.
—¡¿Te has vuelto loca?! —rugió él.
Marisol no parpadeó. Sostuvo su mirada, más firme que nunca.
Se quitó el anillo lentamente y, sin dudarlo, lo arrojó al suelo con fuerza.
El metal chocó con el mármol.
—Aquí no habrá boda —dijo ella, con una voz firme que no tembló ni un segundo—. Aquí solo habrá la demostración pública de que eres un cobarde. Un infiel. Que todos se enteren de la poca moral que tiene Gael Hernández.
Hubo murmullos. Otros asentían. Algunos miraban a Gael como si ya no lo conocieran.
Ana reaccionó al fin.
—¡Marisol! ¿Qué significa esto? ¿Cómo te atreves a exponer a mi hija de esta manera?
Y sin pensar, levantó la mano para abofetearla.
Pero Marisol se movió rápido. Detuvo su muñeca en el aire, apretándola con tanta fuerza que Ana soltó un quejido.
—No vuelvas a tocarme —susurró Marisol, con un filo mortal en la voz.
—¡Marisol! ¡Suéltala! —rugió el padre, Elías, junto al altar. Su rostro estaba pálido, y sus ojos no reflejaban compasión por la traición de su hija, solo furia por el daño a su reputación—. ¿Ya has armado suficiente escándalo? ¿Quieres avergonzar a toda la familia contigo?
Sin embargo, Marisol ignoró a su padre, se giró hacia Jenny, que no dejaba de llorar y mirar a Gael, aterrada.
No le dio tiempo a reaccionar.
¡PAU!

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