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UN MATRIMONIO DE ESCÁNDALO romance Capítulo 2

02. Soy madera disponible

La tenue luz de la luna que se filtraba por las ventanas en la habitación les dio la bienvenida. Layla no se atrevió a mirar a Nathan como no lo hizo mientras la arrastraba por el pasillo. Al principio, la sorpresa no le dejó reaccionar, pero ahora era distinto. Estaba sola en la habitación de un hotel con el padre de su prometido.

Pronto ex prometido.

¿Qué era lo que quería? ¿Acaso iba a limpiar el desastre de Parker como Hanna lo había insinuado? ¿O sería capaz de arruinar su reputación para salvar la de su hijo?

No sabía qué esperar, no podía confiarse. Aunque ella era una reconocida actriz, el verdadero poder estaba en manos de la familia Coleman. Una palabra suya podía arruinar su vida y su carrera para siempre.

No era un secreto para nadie que el poderoso magnate del cine había vetado a más de una artista en Hollywood. Después de eso, ninguno volvió a las pantallas, ni siquiera en televisión cerrada.

Ella tragó saliva, levantó la mirada, pero apenas pudo divisar la sombra que se movía como un fantasma por la habitación. Layla tembló; no era de frío, era una mezcla de miedo y de furia.

Nathan tenía el poder, pero ella la verdad. Era Parker quien deseaba arruinarla y de la peor manera, ¿por qué debía callarse?

—Bebe. —La voz profunda de Nathan le hizo experimentar un escalofrío en la columna; los vellos de la nuca se le erizaron.

Layla miró con desconfianza el vaso delante de ella; los dedos de Nathan se cerraban sobre el cristal como si quisiera romperlo. ¿Estaba enojado con ella?

—Lo necesitas, Layla —agregó y la manera en que pronunció su nombre le hizo sentir un vacío en el estómago.

—¿Escuchaste? —preguntó ella, aceptando el vaso de whisky, pero sin beberlo. Layla movió el vaso con elegancia, miró los hielos agitándose dentro del líquido ambarino—. ¿Le has puesto algo a la bebida?

—Tendrás que arriesgarte a beber para descubrirlo —respondió Nathan, empujando la mano temblorosa de Layla hacia los labios.

Ella tragó saliva y obedeció. Tomó un sorbo que no le quemó la garganta como esperaba, dejó el vaso sobre la mesa y levantó la mirada. Las luces se encendieron; Nathan se había alejado lo suficiente. Su expresión era ilegible, sus ojos verdes eran dos pozos inescrutables, su cabello castaño platinado y su barba le hacían lucir peligroso y hermoso a la vez.

Layla no era ciega; Nathan Coleman, a sus cincuenta años, aún levantaba pasiones. Era viudo y uno de los hombres más poderosos de la industria.

Layla lo conocía desde hacía mucho tiempo, había trabajado para él durante los últimos cinco años, pero su relación no pasó de jefe a empleada hasta que conoció a Parker y se hizo novia de él.

Y, aun así, su relación era casi inexistente. Nathan la evitaba tanto que nunca se habían quedado solos en una habitación. Layla creía que la razón era porque no venía de una familia poderosa, ni era heredera de ningún emporio económico. Su fortuna había sido amasada con sudor, sangre y lágrimas.

Quizá consideraba que no era lo suficientemente buena para Parker. No como Hanna.

—¿Qué piensas hacer?

La pregunta fue repentina, cortando el hilo de los pensamientos de Layla. Tragó el nudo en su garganta y apartó la mirada por un segundo.

—¿Qué se supone que debo hacer? —contraatacó ella, poniéndose de pie para no estar en desventajas—. Lo más sensato era enfrentarlos en ese momento, ¿por qué no me permitiste hacerlo?

Nathan bebió del vaso en su mano, sintió el líquido quemarle la garganta, pero no solo era el whisky, había algo más profundo, más oscuro. Un sentimiento que no debía existir.

Un resentimiento que no debía sentir.

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