01. Mina de oro
Layla aceptó la copa de champán que educadamente le ofreció el mesero. Bebió un pequeño sorbo, observando a cada personaje reunido esa noche en el salón. Desde políticos, empresarios y artistas. El motivo era ella y la fiesta de compromiso con Parker, hijo del magnate del cine. Nathan Coleman.
Parker, como ella, también era actor y modelo. Uno de los artistas más cotizados después de ella.
Parker era bueno, pero la experiencia de Layla era indiscutible, siendo que su carrera había empezado cuando apenas tenía dos meses de vida y desde entonces hasta ahora no se había detenido.
Todo el trabajo de años se vio recompensado al ganar de manera consecutiva el Globo de Oro a mejor actriz y la guinda al pastel llegó al ser reconocida con la estatuilla más codiciada en el medio. Un Óscar que no solo la catapultó a la cima, sino que también despertó los celos entre sus compañeros.
Layla levantó la mirada; había tanta gente en el lugar; sin embargo, una sola mirada le quemaba la nuca. Se giró con lentitud, esperando encontrarse a Parker vigilándola desde alguna esquina; no fue así.
No había rastro de su prometido y habían pasado quince minutos desde la última vez que se encontró con él.
—¿Qué pasa, Lay? —preguntó Livi, su mejor amiga—. ¿Puedo ayudarte en algo?
Layla negó con la cabeza; fue un movimiento elegante, sutil.
—No he visto a Parker desde hace un rato —respondió, tratando de sonar relajada. Después de todo, era su fiesta de compromiso, ¿dónde iría sin ella?
—¿Parker?
Layla asintió.
—Lo vi hace unos quince minutos entrando al ascensor; dijo que tenía una sorpresa para ti.
Layla frunció el ceño. Parker no le había comentado nada, aunque si era una sorpresa… no se lo diría; sin embargo, consideraba que no era momento para eso. Tenían invitados que atender.
—¿Sabes a qué número de habitación subió?
Livi pareció pensarlo; se demoró unos segundos que parecieron una eternidad.
—No —respondió finalmente—. Pero puedes preguntar en recepción, quizá es lo que espera que hagas —la animó con entusiasmo.
Layla sonrió, asintiendo con moderación.
—Gracias, Livi, iré a buscarlo. Si mamá o Claire preguntan por mí, diles que ahora vuelvo —pidió, saliendo del salón sin esperar una respuesta de su amiga.
Los tacones golpeaban las baldosas con firmeza. Llegó a la recepción y, una vez que tuvo la información, atravesó la estancia, yendo al ascensor. Layla no era una mujer que disfrutara de las sorpresas. Su vida había sido práctica, entregada a la actuación sin más motivación que las presiones de su madre.
Su incentivo era quedarse sin cenar durante una semana si no obedecía. Layla no quiso recordar. Aunque, desde la opinión pública, ella no era más que un cajero automático para sus padres.
La mina de oro de la familia Russell.
Apartó esos pensamientos cuando salió del ascensor, sintiéndose observada. Layla miró hacia todos lados, pero el pasillo estaba desierto, no había ni un alma, excepto una puerta entreabierta. Y, aun así, la sensación se mantenía allí.
Un escalofrío le recorrió la columna; los vellos de la nuca se le erizaron. Layla se dio prisa para encontrar la habitación y pedirle a Parker que bajara y se ocupara de los invitados antes de que los medios se hicieran una idea equivocada. Hasta hoy, su carrera no había tenido una sola noticia de desprestigio, aunque en más de una ocasión intentaron relacionarla con hombres poderosos.
Ninguna de esas falsas noticias consiguió afectar su carrera, más sólida que los cimientos de ese lujoso hotel.
—Sinceramente, no sé cómo has hecho para soportarla todo este tiempo…
Layla se detuvo al reconocer la voz de Hanna Ward, una de las actrices de reparto en la última filmación.


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