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Tu Tío en mi Cama: El Inicio de mi Venganza romance Capítulo 161

A las cinco de la tarde, el carro entró en la mansión de la familia Santillán. La gran puerta eléctrica se abrió lentamente, y el mayordomo, junto a varios empleados, ya esperaba en la entrada.

—Señor, señora, el señor los está esperando adentro.

Wendy bajó del carro, todavía desanimada. César intentó tomarle la mano, pero ella la apartó con disimulo. Él endureció la mirada, pero no insistió y se limitó a caminar a su lado.

—Pasen, por favor.

—Gracias. Esto es para papá.

En el salón, el abuelo Santillán estaba sentado en un sillón de estilo clásico, leyendo el periódico.

—Papá, ya llegamos.

El abuelo levantó la vista, y al ver a Wendy, su expresión seria se suavizó al instante.

—¡Wendy, qué bueno que llegaste! Ven, siéntate. Acabo de mandar a preparar una sopa dulce de nido de golondrina, bébela mientras está caliente.

Wendy forzó una sonrisa.

—Gracias, papá.

Apenas se sentó, el anciano fulminó con la mirada a César.

—¿Y tú qué esperas? ¿No ves que Wendy no se ve bien? ¿No puedes cuidarla un poco mejor?

César asintió dócilmente. Tomó una cuchara, le sirvió un tazón de sopa a Wendy y se lo ofreció con un gesto deliberadamente amable. Wendy no lo aceptó.

—No tengo hambre ahora —dijo en voz baja.

—Siéntate —dijo el abuelo Santillán con seriedad.

César, resignado, se sentó en el sofá de enfrente. A Wendy no le interesaba su conversación, así que subió directamente las escaleras. Al llegar al segundo piso, su mirada se desvió instintivamente hacia el estudio de César. La imagen de la foto de Eva y las palabras que él le había dedicado destellaron en su mente. Intentó contenerse, pero no pudo evitar dirigirse hacia allí.

Al llegar a la puerta del estudio, giró la perilla. Con un chasquido, la puerta se abrió. Esta vez no estaba cerrada con llave. Un dolor agudo le atravesó el corazón mientras, casi por inercia, se acercaba al escritorio.

Allí, el libro Cien años de soledad ya no estaba sobre la mesa, sino de vuelta en el librero. Los empleados de la limpieza nunca tocarían sus cosas. Era obvio: él no había ido directamente al hospital al volver de Estados Unidos. Había pasado por el estudio de la mansión.

Ese pensamiento la dejó sin aliento por unos segundos. Dudó, pero finalmente se acercó al librero, lo abrió y sacó el libro. Al hojearlo, como esperaba, la foto de Eva seguía allí.

Una idea cruzó su mente. Guardó la foto en su bolsillo, tomó un trozo de papel y lo hizo pedazos. Él decía que no amaba a Eva. En un momento, fingiría haber roto la foto y vería su reacción. Si se mantenía indiferente, significaría que de verdad la había olvidado. Si reaccionaba con furia, sería la prueba de que le había estado mintiendo.

Mientras hacía trizas el papel y lo arrojaba a la basura, oyó unos pasos apresurados acercándose a la puerta.

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