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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 106

Dado el delicado estado emocional de los mercados en ese momento, Luciano seguía siendo una pieza clave que no se podía desechar tan fácilmente.

Para proteger el futuro del Corporativo Larios, Don Ricardo decidió respaldar a su nieto, pero estableciendo un límite estricto para evitar que un desastre similar volviera a ocurrir.

Desde una perspectiva puramente estratégica, salvar ese matrimonio era vital; un divorcio inminente garantizaba una caída libre en el valor de las acciones.

Incluso tuvo que tragarse su orgullo de patriarca para prácticamente rogarle a Hanna que le diera otra oportunidad a Luciano.

Ella asintió con calma.

—Gracias, Don Ricardo. Pero, si en este mes Luciano no cambia y vuelve a cometer faltas imperdonables contra nuestra relación, ¿cómo me respaldará exactamente?

Era una pregunta cargada de veneno, lanzada deliberadamente frente a todos para obligar al anciano a comprometerse.

Aunque su tono sonaba respetuoso, su postura era inquebrantable.

El rostro de Don Ricardo se tensó por un momento mientras evaluaba la situación.

Conocía bien a Luciano: aunque no amara a Hanna, sí que amaba el poder y el dinero. Ya estaba acostumbrado a los privilegios de su estatus y no sería tan idiota como para sabotear su propio futuro.

Además, veía que la determinación de Luciano por deshacerse de esa mujer era genuina. El hecho de que estuviera rogándole a Hanna entre lágrimas demostraba que había comprendido quién era la verdadera clave para su éxito. Incluso si todo fuera una farsa, no le costaría nada fingir durante treinta miserables días.

Tras meditarlo, Don Ricardo dio su palabra:

—Si demuestra ser un animal irracional y decide cavar su propia tumba, no moveré un dedo para detenerlo. Te concederé el divorcio.

Luego, le lanzó una mirada fulminante a Luciano. Él, al darse cuenta de que Hanna le había dado un respiro, esbozó una expresión de alivio.

—Gracias, mi amor. Gracias, abuelo.

—Ahora ve al hospital y asegúrate de atender bien a mi nieto. Que no pase hambre. Sé buena esposa; en el fondo, Lucho todavía te quiere, no seas terca. En esta familia nunca te faltará nada, deja de andar amenazando con el divorcio. Si sales de aquí, cualquier vividor te usará, te robará todo y te botará. Te lo digo por tu propio bien, como alguien que sabe cómo funciona el mundo, así que más te vale hacerme caso.

Hanna tomó el portacomidas y subió al coche del chófer.

Doña Úrsula se despidió con la mano, sonriendo satisfecha, convencida de que su discurso había calado hondo.

Hanna observó por el espejo retrovisor el rostro arrugado y complacido de la anciana, sintiendo una profunda repulsión.

Al llegar a la zona VIP del hospital, Hanna abrió la puerta de la habitación. Estaba completamente vacía.

Estaba a punto de dejar la comida sobre la mesa y marcharse, cuando Tatiana entró de golpe.

—Hanna, ¿no te mueres por saber a dónde fue mi querido Luciano?

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