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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 103

En cuanto Hanna pronunció esas palabras, un silencio sepulcral cayó sobre la sala.

Incluso Rocío, que seguía con su patético drama, se quedó muda.

Rocío jamás imaginó que eso fuera lo que Hanna pediría. Nadie allí lo esperaba. Con el origen humilde de Hanna, ¿de dónde sacaba el valor para exigirle el divorcio a los Larios?

El impacto golpeó a Luciano con fuerza. Sin importarle que Don Ricardo aún no hubiera respondido, se adelantó:

—Hani, sé que te he fallado, pero ya ordené que se lleven al niño y a Rocío lejos de aquí. ¿De verdad me estás pidiendo el divorcio frente a toda mi familia?

El rostro de Hanna no mostraba tristeza ni enojo.

Por la forma en que hablaba, Luciano creía que exiliar a su amante era un acto de suprema bondad hacia su esposa, y que si ella seguía resentida, era una malagradecida.

Pero ella lo veía de una forma muy distinta. Había estado esperando esta oportunidad. Así como Rocío planeó forzar su entrada a la familia, Hanna planeó su salida triunfal.

Ahora que el escándalo de Luciano y Rocío era público, su título de "Señora Larios" era una burla. No tenía motivos para quedarse soportando humillaciones con una cornamenta en la frente. Tolerar sin un propósito y aguantar insultos en vano no era su estilo. Era mil veces mejor irse con la frente en alto y razones de sobra.

Los problemas de Luciano y las intrigas de Rocío ya no le importaban en lo absoluto.

Hanna asintió lentamente.

—Sí, Luciano. Quiero el divorcio.

Dejó escapar un largo suspiro, liberando las palabras que llevaba años reprimiendo. Era el momento de decirlas todas.

Con voz clara y firme, sentenció:

Expuso su frialdad ante su propia sangre y su sumisión absoluta a los caprichos de Rocío. Reveló su podredumbre moral frente a toda la familia Larios.

Luciano jamás esperó que Hanna lo atacara de esa manera. El pánico y el dolor lo invadieron de golpe. La mujer que pensó que lo amaría incondicionalmente por el resto de su vida, acababa de darle el golpe de gracia. El ardor de las heridas en su espalda desapareció, reemplazado por una punzada asfixiante en el pecho. Las lágrimas no tardaron en brotar.

Llorando, suplicó:

—Hani, las cosas no son así... Hani, no es lo que piensas.

Repetía "no es así" una y otra vez, pero no podía desmentir ni una sola de sus palabras.

Hanna lo miró llorar con absoluta indiferencia. Solo alzó un poco más la voz para opacar sus lamentos y continuó hablando.

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