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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 102

¿Quién se creía que era? Don Ricardo era un empresario de élite, un hombre al que hasta el mismísimo presidente recibiría con honores por sus aportes a la economía del país.

No iba a tolerar que una mujerzuela lo llamara "viejo decrépito" a gritos.

Rocío se desmoronó por completo, cubriéndose el rostro mientras sollozaba:

—Ustedes... me están humillando...

—¡Le di un hijo a esta familia! ¿Y así es como me pagan? Son unos abusadores.

Lloraba con desesperación, pero el viejo mayordomo la fulminó con una burla gélida:

—Niños hay de sobra en el mundo, y si quisiéramos uno, buscaríamos a alguien con clase. Ese hijo tuyo, que ni siquiera es digno de ser presentado en sociedad, no te servirá como boleto para vivir del cuento y robarte una fortuna. Alguien de tu calaña derrocharía el dinero en un instante. No tienes derecho a insultar a tus mayores en esta casa. Si vuelvo a escuchar otra insolencia salir de tu boca, el próximo golpe no será tan suave.

Las venas resaltaban en la mano arrugada del mayordomo, pero su postura era firme e implacable.

Rocío temblaba de dolor, con los labios temblorosos. No se atrevió a pronunciar una sola sílaba más.

Incluso Luciano, quien en el pasado siempre saltaba a defenderla sin pensarlo, se mantuvo en absoluto silencio.

En ese instante, Rocío comprendió la magnitud de su error. Haber arrastrado a Camilito hasta allí para exigir un lugar en la familia había sido la estupidez más grande de su vida.

Pero no solo se había arruinado a sí misma.

Don Ricardo tomó la palabra:

—Mañana convocaré a la junta directiva. Anunciaré la decisión de revocar la mitad de los poderes de gestión de Luciano. La otra mitad quedará bajo estricta supervisión de la junta. A partir de ahora, cualquier movimiento que quiera hacer, ya sea transferir una filial, disponer de los fondos líquidos de la empresa o nombrar personal clave, tendrá que pasar primero por mi aprobación. No voy a permitir que despilfarre la fortuna que a esta familia le tomó generaciones construir.

Don Ricardo entendía lo devastador que debía ser esto para ella. Hanna había cuidado a Camilito durante años, dándole amor de madre, y el niño solo la llamaba "tía". Cualquiera podía imaginar el dolor insoportable que eso le causaba.

Pero lo que realmente desconcertaba al anciano era que Hanna no hubiera tenido un ataque de histeria al ver a Rocío. No le había gritado, no se había abalanzado sobre ella, ni siquiera había derramado una lágrima.

Lejos del cliché de la esposa enfrentando a la amante, Hanna se mantenía imperturbable. Se podría decir que era un bloque de hielo. No le importaba nada de lo que hiciera Rocío.

Su calma era casi antinatural, como si no tuviera nada que ver con ella. Como si ya lo hubiera sabido todo desde el principio.

Pero en ese preciso momento, algo en Hanna se encendió. Sus ojos brillaron levemente, levantó la mirada hacia Don Ricardo y, con una voz suave pero firme, pronunció:

—Quiero el divorcio.

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