¿Hacerse la difícil?
Eran trucos para idiotas. ¿Acaso alguien como Estela Villagrán se rebajaría a eso?-
Al escucharla hablar de los quinientos millones y de cancelar los proyectos, a Adrián se le heló la sangre.
—¿Qué dijiste? ¿Estás loca?
¿Devolver quinientos millones de inmediato?
¿Acaso escuchaba lo que decía?
¿Acaso no sabía cuánto dinero se había invertido en esos proyectos? Si los detenían ahora, ¿de cuánto sería la pérdida?
No solo destruiría a la familia Serrato, sino que la familia Villagrán también saldría perjudicada.
Desde el día en que se casaron, los intereses de ambas familias estaban atados.
Estela le clavó una mirada fulminante:
—Quiero el dinero en mi cuenta en menos de una semana.
—Tú...
—No me obligues a perder la cabeza. Ya viste de lo que soy capaz, ¿verdad?
Lo interrumpió de tajo. ¡No tenía paciencia para escuchar sus excusas!
Aquel ente que poseyó su cuerpo no fue del todo estúpido; al menos se aseguró de que los Serrato firmaran un pagaré.
Sin embargo, según sus recuerdos de los últimos tres años, la familia Serrato jamás tuvo la intención de devolver ni un centavo.
El alma invasora, sin importar cuántas humillaciones sufriera, siempre protegió el ego de Adrián y nunca mencionó esa deuda.
Pero ahora, las cosas iban a ser muy diferentes...
No solo tendrían que devolver el dinero, sino que les cobraría intereses usureros.
Al escuchar «ya viste de lo que soy capaz», Adrián se puso lívido y miró su muñeca hinchada.
¡Le había fracturado los huesos a pisotones!
—¿Una semana? ¿Qué empresa puede sacar quinientos millones en efectivo en una semana?
Además, cuando ella ofreció el dinero, ¡jamás mencionó que era un préstamo!
—Entonces, ¿quieres que pierda la cabeza otra vez? —Estela lo miró con una sonrisa perversa.
Adrián tragó saliva al ver su expresión.
En su mente aparecieron imágenes de Estela antes de casarse; en aquel entonces, la familia Villagrán era un caos total por sus arrebatos.
Solo se volvió dócil después del matrimonio.
Si realmente volvía a ser la mujer de hace tres años, sería un desastre total para su familia.
El corazón de Adrián latía desbocado, envuelto en pánico.
Pero de repente, recordó que las circunstancias ya no eran las mismas...
Trató de amenazarla:
—Los Patriarcas Villagrán, que tanto te protegían, ya no están. No necesito recordarte cuál es tu situación actual en tu familia, ¿o sí?
—Hace tres años cortaste lazos con ellos para casarte conmigo y juraste no volver jamás. Así que, si te divorcias de mí, ¿adónde vas a ir?
Él no podía divorciarse, ni se atrevería a hacerlo.
Estaba insinuándole a Estela que no hiciera un escándalo, porque si lo hacía, nadie estaría de su lado.
Al escuchar esto, Estela estalló en una carcajada burlona.
—¿Por qué me importaría divorciarme de un inútil como tú?
En cuanto a su propia familia...
Valerio Villagrán, su padre, pasaba todo el tiempo consintiendo a los gemelos que su amante había traído a casa.
A ella jamás le prestó la más mínima atención.
¡Por rencores del pasado, los Villagrán y los Serrato nunca se habían tolerado!
Así que, cuando el alma invasora insistió en casarse impulsivamente con Adrián, Valerio aprovechó para prohibirle volver a la casa familiar.
Y no solo eso.
Valerio aprovechó para arrebatarle la herencia que le dejó su abuelo.
No pudo contener el grito. El dolor agudo le arrebató cualquier fuerza para defenderse.
Las criadas presentes estaban paralizadas por el pánico.
Estela apretó aún más el agarre en su cuello:
—Creo haberte dicho que detesto las amenazas.
El peligro inminente impidió que Adrián pronunciara una sola palabra.
Trató de soltarse, pero fue inútil.
Aunque Estela era pequeña, peleaba de forma salvaje. En la universidad, Adrián la había visto derribar a varios hombres sola.
Sintiendo cómo la resistencia de Adrián menguaba, ella susurró:
—¿Casarme contigo? ¿De dónde sacas el atrevimiento, eh?
Adrián: «!!!»
¿Acaso no fue ella la que rogó por casarse?
Antes de que pudiera reaccionar, Estela lo soltó, sin siquiera molestarse en darle una segunda mirada.
—Quinientos millones. En una semana. Y por cierto...
Estela bajó la mirada para fulminarlo con desdén.
Adrián sintió que se ahogaba bajo el peso de su mirada, y un mal presentimiento le invadió el pecho.
Entonces, una sonrisa perversa se dibujó en los labios de Estela.
—Más te vale protegerla bien.
Durante tres años, Benita la había incriminado de mil maneras.
Adrián fue cómplice de todas las humillaciones que sufrió su cuerpo.
Además, en su momento, Adrián la culpó injustamente de la muerte de Flora.
Aunque al final no logró meterla presa, dejó que cargara con el estigma de asesina.
Con tantas deudas pendientes, ¿cómo no iba a despedazarlos a ambos?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tres años a tus pies, hoy te los rompo