Al ver a la imponente mujer frente a él, Adrián empezó a dudar. Pensó que tal vez no era Estela, sino alguien con su misma cara.
La verdadera Estela nunca habría actuado así.
Sin embargo, al verla con esa misma camiseta negra y holgada de siempre, sintió una punzada de incertidumbre.
Ante la duda de Adrián, Estela entrecerró los ojos.
Levantó la mano y —¡Plaf!— le cruzó la cara con una bofetada.
¡Adrián se quedó mudo!
Antes de que el zumbido en sus oídos desapareciera, Estela le dio otra bofetada.
—¿Que quién soy? —Su voz resonó afilada desde arriba—. ¿Estos tres años de mimos te hicieron olvidar mi verdadera naturaleza? ¿Pensaste que me había vuelto mansa?
Al escuchar «mi verdadera naturaleza», el rostro de Adrián cambió drásticamente.
Levantó la vista, atónito.
—Tú...
Estela se puso de pie, irradiando un aura de superioridad que helaba la sangre.
Antes de que Adrián pudiera procesar el cambio radical, Estela levantó el pie y le pisó la mano.
Justo la misma mano con la que él había intentado ahorcarla.
Al sentir cómo sus huesos eran aplastados, a Adrián se le encogió el corazón.
—¡¿Qué estás haciendo?!
Estela apretó los labios y aumentó la presión de su pie.
—¡Crac! —El hueso cedió.
—¡Aaah!
Un grito desgarrador resonó por toda la mansión.
Estela bajó la mirada, con un tono propio de un demonio recién invocado.
—Ahora, ¿ya recordaste cómo soy en realidad?
Con los dedos dislocados y un dolor insoportable que le recorría el brazo, Adrián se puso pálido.
Miró con dificultad a Estela. Aquel rostro suave ahora se superponía con una mirada despiadada.
Estela retiró el pie de su mano destrozada. Justo cuando Adrián creyó que estaba libre, ella lo agarró por la corbata.
Al tirar de ella con fuerza, Adrián soltó un gruñido asfixiado. Sintió que el aire no le llegaba a los pulmones.
El mayordomo y las empleadas, que observaban desde las sombras, se habían quedado boquiabiertos ante el repentino cambio de Estela.
Al reaccionar, corrieron a detenerla.
—¡Señora Estela, suelte de inmediato al joven Adrián! Si se enteran en la mansión principal, ¡no se lo perdonarán!
Al escuchar que usaban a la mansión principal como amenaza, Estela les lanzó una mirada gélida.
Los empleados se congelaron en seco, aterrorizados por su sola presencia. Nunca habían visto esa faceta suya.
Estela se mostró satisfecha con la reacción.
Volvió su atención a Adrián, cuyo rostro empezaba a ponerse morado por la asfixia.
Su tono se volvió aún más afilado:
—¿Tanto la amas? ¿Qué te parece si le cedo mi puesto como tu esposa y señora de la familia Serrato?

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