La voz de Emilio cortó el aire como un cuchillo, llena de crueldad. —¿Alguien te dio permiso para hablar? ¿Y tú quién te crees que eres?
Mireya no esperaba una humillación pública tan brutal. Se mordió el labio inferior, con los ojos llenos de lágrimas, y trató de dar lástima: —Señor Cárdenas, de verdad anhelo ese collar...
—¿Ah, sí? —Emilio soltó una carcajada lúgubre—. Lástima que el señor Vidal llegó un minuto tarde. Ya le vendí la pieza a la señorita Serrano.
Selena se quedó de piedra.
Pero al segundo siguiente.
Sonrió triunfante y agitó la cajita de terciopelo frente al rostro de Mireya.
Mireya apretó los dientes por el enojo y arrugó la tela de su vestido con frustración.
Emilio metió las manos en los bolsillos de su abrigo. Antes de dar media vuelta, soltó una frase enigmática: —Cualquiera puede obtener algo. Lo verdaderamente difícil es conservarlo.
Dicho esto.
Los guardaespaldas le abrieron paso.
Emilio se marchó con zancadas firmes, sin volver a mirarlos.
Vidal había oído rumores sobre el nuevo líder de los Cárdenas: arrogante, inaccesible y despiadado.
Ese encuentro confirmaba cada palabra.
Cerró los ojos y respiró hondo para calmar la humillación que acababa de sufrir por culpa de Emilio.
Mireya, obstinada, miró a Selena: —Selena, ¿podrías regalarme el collar?
Selena soltó una risa burlona. —¿Es que no conoces la vergüenza?
Vidal suspiró, exasperado. —Selena, ¿por qué tienes que ser tan dura?
Selena levantó el rostro, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. —¿Tú también quieres que se lo dé?
Vidal bajó la mirada y utilizó su tono más conciliador: —Selena, en estos dos años de matrimonio te he dado cientos de regalos, y cada uno es mucho más costoso que esto. Si a Mireya le gusta tanto, por favor, hazlo por mí. Cédelo.
Selena lo miró detenidamente, como si estuviera viendo a un completo extraño.
Los ojos que antes desbordaban amor por él ahora solo reflejaban frialdad, venas rojas y cenizas apagadas.
—Vidal Paredes... este collar es el que mi abuela empeñó para pagar las medicinas cuando, a los catorce años, casi mueres de neumonía. Era su única dote. Mireya no es digna ni de mirarlo.
Sin esperar respuesta.
Selena se dio la vuelta.
Caminó por el pasillo con la espalda recta y pasos firmes, hasta desaparecer de su vista.
Vidal se quedó clavado en el suelo.
Un viejo y desgastado recuerdo asomó a su mente, revelando la amarga verdad.
Mireya, que nunca lo había visto tan perturbado, le jaló del brazo suavemente: —Vidal, ¿estás bien?
Él se sacudió su toque. —Tengo que volver a casa.
El resto de la familia Paredes las detestaba.
Pero la abuela era una buena mujer.
Las trataba bien a ambas, especialmente a Leo.
Siempre invitaba al niño a pasar unos días en su casa.
Sin embargo, en los últimos seis meses, sus invitaciones se habían vuelto demasiado frecuentes.
Selena sabía por qué.
La abuela Paredes anhelaba un bisnieto y, al llevarse a Leo, intentaba dejarle a Vidal y a Selena la casa sola para que pudieran intentarlo.
El pequeño Leo, de cinco años y medio, que también usaba audífonos, se comunicó con ella a través de lengua de señas: [La bisabuela fue muy amable conmigo. Me dijo que mañana habrá fuegos artificiales y que debo pasarlo contigo y con el señor Vidal, así que me mandó a casa.]
Selena se agachó y le acarició la mejilla. —Mañana por la mañana, mamá te llevará a conocer a alguien, ¿de acuerdo?
Leo asintió dócilmente.
Después de arropar a Leo en su cuarto, Selena fue al dormitorio principal.
Sacó los papeles del divorcio y la copia del acuerdo prenupcial de la mesa de noche.
Los guardó juntos en un sobre manila.
Ese sería el gran regalo que le entregaría a Vidal durante la ceremonia de salida a bolsa de la empresa.

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