En el escenario, después de su discurso, Melisa por fin se giró hacia don Sergio.
—Profesor Salazar, le pido encarecidamente que me acepte como su estudiante. Espero que en esta ocasión me conceda el honor.
El público en el estudio comenzó a murmurar y a hacer eco de su petición:
—¡Ande, profesor, acéptela! Tiene muchísimo talento, ¿qué más pruebas necesita?
—Así es, rechazó a las mejores instituciones del mundo solo para regresar y servir a nuestro país. Sería el colmo que usted le dijera que no.
Era evidente que Melisa estaba usando la presión social para arrinconarlo.
Bianca frunció el ceño, sintiéndose impotente al no poder ayudar a su maestro.
De pronto, sintió un profundo desprecio por sí misma.
Por haber perseguido ciegamente a Damián Figueroa, había dejado un hueco de cuatro años en su carrera científica.
En ese tiempo, la industria había olvidado sus logros y su nombre. Actualmente, su único contacto oficial era Tomás Santillán; no tenía acceso a las altas esferas y su voz carecía de peso.
Pero en el escenario, la expresión estoica de Sergio Salazar se transformó de repente en una sonrisa tranquila.
—Bueno, la primera vez me dijiste que no estabas bien preparada. La segunda vez viniste con las manos vacías y charlamos un buen rato. Para ayudarte, te di como referencia una tesis que uno de mis alumnos escribió hace siete años. Y ahora que vuelves a sacar el tema en este espacio, asegurando que tienes absoluta confianza, asumo que vienes lista. Hagamos la misma evaluación de aquella vez: explícame si encontraste algún descubrimiento nuevo en ese documento.
Melisa palideció. Jamás imaginó que Sergio Salazar la pondría a prueba frente a las cámaras y ante miles de espectadores.
El problema era que no había repasado el proyecto en absoluto. Había estado demasiado ocupada asistiendo a eventos de caridad, haciendo transmisiones en vivo y gestionando los negocios de la familia Soler y los Paredes. No había tenido tiempo para investigar nada.
En las gradas, Bianca y Vicente observaban la escena con atención.
Una sombra de disgusto cruzó los ojos de Vicente.
—Usar exactamente el mismo examen... Ni siquiera le puso un problema nuevo para complicarle la vida, y aún así no sabe qué responder. Esta clase de personas tienen un poco de talento, pero cero disciplina. No tienen ningún respeto por la ciencia. ¿Y así tiene el descaro de pedir que el profesor la acepte?
Tras unos segundos de incómodo silencio, Melisa finalmente habló:
—Aquella vez todo fue muy apresurado. Además, hace unos días sufrí una lesión y tuve que guardar reposo, lo que me impidió continuar con mi investigación. Pero le prometo que, si me acepta como su estudiante, me sumergiré en la investigación y aprovecharé cada segundo de mi vida.

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