—¡Gracias, Damián!
En ese momento, Bianca ya había encontrado el documento que le faltaba.
No sabía cómo había terminado en el estudio de Damián; tras preguntar, Inés le explicó que lo había puesto allí por error mientras limpiaba.
Guardó todo y, justo cuando se disponía a salir, escuchó a Melisa agradecer a Damián con devoción.
Y esta vez, también pudo oír la respuesta de él.
No fue del todo claro, pero pareció preguntarle:
—¿Por qué ya no me dices daddy?
Bianca no estaba segura, pero vio cómo el rostro de Melisa se sonrojaba de inmediato.
La mirada que le dedicó a Damián estaba llena de un deseo y una necesidad innegable, del tipo que solo una mujer tiene por el hombre que ama.
Entonces, supo que no se había equivocado.
Si no fuera por el lugar y el momento, Bianca no dudaba de que estarían a punto de tener un encuentro íntimo.
O tal vez lo tendrían esa misma noche.
Desvió la mirada y pasó junto a ellos con la cabeza en alto, sin inmutarse.
Melisa frunció el ceño e instintivamente miró a Damián para ver su reacción.
Al notar que él ni siquiera le dirigió una mirada a Bianca, una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
En cambio, Romeo no le quitó los ojos de encima y, justo cuando Bianca pasaba a su lado, le lanzó un dardo venenoso:
—En unos días, Melisa saldrá en los medios nacionales porque el maestro Salazar la aceptará como su alumna oficial. Esa clase de prestigio y capacidad es algo que la gente ordinaria ni siquiera puede soñar con tocar. Hoy nos invita a cenar, ¿quieres colarte?
Bianca se detuvo y miró a Romeo.
Sinceramente, no lograba comprender cómo Don Renato había engendrado semejante sabandija.
Antes de abrir la puerta de su auto, le respondió con calma glacial: —¿Ir para ver cómo actúas como un perro faldero?
El rostro de Romeo se desfiguró por la rabia: —¿A quién le llamas perro faldero? ¿Ya olvidaste cómo andabas arrastrándote detrás de Damián? ¿Y ahora que no te hace caso, vienes a desquitarte conmigo?


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