Bianca terminó de leer y guardó el documento:
—Estoy segura. Lo único que me importa es divorciarme. Mientras logre divorciarme, lo demás no interesa.
Levantó la mirada y preguntó:
—Licenciado Solís, ¿ya calculó el equivalente en dinero de todo lo que le debo a la familia Figueroa? ¿Y los documentos para devolverles las acciones también están listos?
—Todo listo —respondió el abogado, entregándole el resto de los papeles para que los revisara.
En ese momento, el licenciado Solís observó a Bianca con detenimiento por primera vez.
Damián no era un hombre tacaño. Si Bianca hubiera exigido dinero o propiedades, mientras no pidiera la luna... bueno, tal vez incluso eso, si él podía conseguirlo, se lo daría con tal de quitársela de encima.
Sin embargo, ella había renunciado a todo.
Y no solo eso. Había exigido que todo el dinero que Damián le había dado y toda la ayuda financiera que los Figueroa le habían prestado a la familia Núñez fuera convertida en una deuda cuantificable. Lo que pudiera pagar ahora, lo devolvería de inmediato; lo que no, lo pagaría con intereses mensuales hasta saldar el último centavo.
Todo con un único propósito: cortar cualquier lazo. No quería deberles nada, quería borrar su nombre de esa familia para siempre.
Tras revisar los documentos, Bianca asintió:
—Perfecto. Por favor, licenciado Solís, lléveme a Villa Serena.
—Enseguida —respondió él, arrancando el auto.
La lluvia comenzó a arreciar, cayendo con más fuerza.
Cuando Bianca llegó a Villa Serena, Inés salió a recibirla.
—¿Está doña Estela? ¿El señor Figueroa ya llegó? —preguntó Bianca.
Inés notó algo diferente en la actitud de Bianca esa noche, pero se limitó a negar con la cabeza:
—El señor Figueroa acaba de llamar para preguntar lo mismo. Doña Estela se fue a la mansión principal.
—Entendido. Iré a la mansión principal —respondió Bianca. Sabía perfectamente que doña Estela se estaba escondiendo de ella.
Y también sabía por qué lo hacía...

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