Bianca ya no tenía ganas de seguir con aquel circo. Le arrebató el celular de las manos, tecleó rápidamente las fechas de su ciclo y se lo devolvió antes de ponerse de pie con decisión.
—Abuela, doña Perla, estoy muy cansada por el desvelo de anoche. Voy a subir a descansar.
La abuela asintió con entusiasmo, encantada con la situación.
—Sí, sí, mi niña. Ve y cuida ese cuerpecito.
Doña Perla también se mostró sumamente protectora.
—Hoy mandé a preparar un caldo especial. Tómatelo sin falta, es delicioso y no te hará subir de peso. Descansa todo lo que necesites; a la hora de cenar, yo misma subiré a llamarte.
Damián también se levantó, ajustándose el saco con elegancia.
—Yo también tuve un fin de semana pesado. Las dejo para que descansen.
Esta vez, como la abuela estaba de un humor excelente, no le reclamó nada y simplemente agitó la mano para despedirlo.
Al ver a Bianca y Damián subir las escaleras uno detrás del otro, la sonrisa de la abuela se ensanchó con evidente satisfacción.
—Míralos, ¡qué pareja tan hermosa hacen! Donde va uno, va el otro. Cuando tengan a ese bebé, sea niño o niña, no importa a quién se parezca, ¡será una bendición!
—Y lo más importante —continuó la anciana, bajando la voz—, un hijo es un vínculo que jamás se puede romper. La sangre de Bianca y la de Damián se mezclarán y correrán por las venas de ese bebé para toda la eternidad. Es un lazo de por vida.
Doña Perla, algo incómoda por la intensidad de la charla, estaba a punto de asentir cuando el abuelo gruñó desde su asiento:
—Más le vale a ese niño sacar el cerebro y el carácter de Damián. Porque si sale igual de inútil que Bianca, nuestra familia se va a la ruina.
La abuela le lanzó una mirada glacial que lo hizo temblar, obligándolo a forzar una sonrisa nerviosa.
—Bueno, bueno... como sea, a quien se parezca estará bien.
En el fondo, el abuelo pensaba que si Melisa fuera la esposa de su nieto, cualquier hijo que tuvieran sería una maravilla, sobre todo si sacaba la inteligencia de ella.
Cada día que pasaba, el desprecio que sentía por Bianca era más evidente.
Mientras tanto, Bianca llegó a su habitación y Damián la siguió al interior sin decir una palabra.
Cada uno se puso a lo suyo, ignorándose por completo, como si fueran dos extraños compartiendo una sala de espera.
Finalmente, Bianca, agotada hasta los huesos, se dejó caer en la cama. Estaba a punto de hundirse en el sueño cuando escuchó pasos acercándose y el sonido de las cortinas cerrándose.
La habitación quedó envuelta en penumbras.
Sus párpados pesaban toneladas, así que no le dio importancia y se durmió profundamente.
Cuando llegó la hora de la cena, doña Perla tocó la puerta varias veces. Al no obtener respuesta, buscó a Bianca en el estudio, pero tampoco estaba ahí. Finalmente, abrió la puerta de la habitación con cuidado.
La escena la dejó sin aliento: ambos estaban profundamente dormidos en la misma cama.
La luz era tenue. Bianca dormía pegada al borde, rígida y en línea recta, pero Damián, de manera totalmente inconsciente, había acortado la distancia durante el sueño y estaba pegado a ella.

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