Melisa Serrano tomó la iniciativa de hablar, deteniendo a Vicente y fingiendo por completo que Bianca y Clara no existían.
Vicente la ignoró y en su lugar saludó con un leve asentimiento a Damián Figueroa y Xavier Soler:
—Señor Figueroa, señor Soler. Vinimos a cenar.
Luego, su mirada se detuvo en el hombre detrás de Damián y levantó una ceja.
—Y él debe ser el director del Grupo Monolito, su compañero de universidad, ¿el señor Lorenzo Valdés?
Lorenzo se adelantó para estrecharle la mano a Vicente. Sus ojos se clavaron un segundo en Bianca y luego, con una sonrisa cargada de intenciones, desvió la mirada.
Xavier no dijo nada, pero sus ojos no se apartaron de Bianca.
Damián asintió levemente:
—¿Gusta acompañarnos, señor Ávila?
—No será necesario —Vicente esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos. Miró a Bianca y a Clara y añadió—: Vengo con estas dos señoritas. Como usted sabrá, esta semana sufrieron algunas injusticias en su empresa, señor Figueroa. Como su jefe, lo menos que puedo hacer es invitarlas a cenar para compensarlo.
La mirada de Damián se posó en Bianca por un instante antes de volver a su habitual frialdad.
—Perfecto. Como están prestadas a mi empresa, esta cena va por mi cuenta. Considérenlo una muestra de disculpa. La compensación formal se enviará a sus oficinas después. Además, justo quería discutir un asunto con usted, señor Ávila.
—Si usted insiste, señor Figueroa... —Vicente asintió—. Sería de mala educación negarme.
Damián sonrió ligeramente e hizo un gesto invitándolos a pasar.
Vicente le hizo una seña a Bianca para que lo siguiera.
Al asentir, Bianca se topó de frente con la mirada gélida y despectiva de Melisa.
Melisa no era estúpida; se había dado cuenta de cómo Lorenzo y Xavier miraban a Bianca.
Entendía lo de Xavier: él siempre estaba a la defensiva, temiendo que Bianca intentara alguna de sus jugarretas.
Pero la mirada de Lorenzo... era la inconfundible chispa de un hombre interesado en una mujer.
Las mujeres mediocres siempre recurrían a sus encantos baratos para asegurar contratos. Melisa sentía una mezcla de asco y gracia al ver a Bianca.
¿Cómo podía una mujer rebajarse a usar su apariencia solo porque no tenía talento?
Claramente, Lorenzo aún no sabía qué clase de víbora era Bianca.
Bianca, por su parte, no tenía idea de la película que Melisa se estaba montando en la cabeza. Le devolvió una mirada de absoluta indiferencia y siguió caminando sin darle importancia.
Clara, en cambio, estaba que echaba humo. Tiró del brazo de Bianca mientras caminaban detrás del grupo:

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